miércoles, 14 de septiembre de 2016

Puntualidad

Ahí estabas, como todos los días, erguido firmemente sobre el velador. Con esa altivez de importante. Si, ya sé que estabas hecho de roble, que valías oro. No creas que no había notado tus líneas de elegancia, tu finura, como dijo mi abuelo cuando te puso entre mis manos, antes de fallecer. Es que él sí se llevaba bien contigo, eras su mejor amigo, gracias a ti él cumplía todos sus compromisos, sin hacer esperar nunca a nadie. Pero yo soy harina de otro costal. A mí tus gritos constantes no me alegraban el día. Es más, me amargaban. Harto de tus demandas, de todos esos recordatorios de responsabilidad, de tus numeritos con mirada romana. Tan harto que hoy, me he liberado. A las seis y diez de la mañana, antes que el sol aparezca, gritaste escandalosamente, impaciente por despertarme. Mis venas impuntuales no aguantaron más. Agarré tu cuerpo, ovalado y color mate, color roble. Halé de tus dos perillas que, como orejas, colgaban una a cada lado de tu cuerpo. Las halé fuertemente, hasta sentir como se rompían en tu interior y caían en seco sobre el piso de mi habitación. Pero, aun así, tu seguías gritando. Entonces con toda la fuerza que mi pesadez somnolienta me permitía, te lancé contra la pared. El estallido fue fuerte, una lluvia de números hechos de bronce caía por doquier. Un olor a vidrio roto me avisaba que finalmente habías muerto. Finalmente, tú y mi abuelo se reencontrarían, puntualmente, en aquél lejano lugar. 

martes, 6 de septiembre de 2016

Aguijón

La pasta del cuaderno era roja, como sangre que brota de una cortadura. Al abrirlo encontré un interior con cien hojas, todas repletas de alacranes. Uno debajo del otro, o encima, si ponía el cuaderno de cabeza y pegaba mis ojos saltones al último alacrán del renglón, ahí donde concluía la historia. A mí me gustaba leer así, de abajo hacia arriba. Entonces el alacrán inferior me lanzó, a modo de aguijón, una muerte, la del protagonista. Lo que para la mayoría hubiera sido la conclusión de una historia, para mí ese momento fue apenas el inicio. Un anzuelo había sido arrojado y yo, como buen lector, fui pescado. Entonces subí las pupilas un poco más, al párrafo anterior. Ahí estaba, un conjunto de alacranes, todos alargados por el blanco de la hoja, agrupados entre cinco, una gran cantidad de palabras recaía sobre ellos. Las leí todas, al revés, obviamente. Así supe que el protagonista había sido atropellado por un auto al salir de una pastelería, antes de morir. ¡Cuánta dulzura sobre tanto alacrán!, pensé. En ese momento mi interés en la historia era imparable. Tenía hambre de más alacranes, de devorármelos con los ojos. Engullí, de un solo tirón, los primeros seis. Descubrí entonces que el señor, cuando vivía, se llamaba Juan, había quedado sin empleo y solía desaparecer por las noches de su casa para ir a emborracharse a la cantina. No amaba a su mujer, ni ella lo amaba a él. Apenas podía recordar el nombre de sus hijos, leí en el renglón. Entonces continué ojeando hasta el último de los alacranes y me enteré que aquella tarde, Juan, había sido despertado por su mujer, con resaca y odio hacia la vida había salido de casa a comprar el pastel de cumpleaños de su hijo menor. La hoja había finalizado. El último alacrán ubicado al inicio, había sido observado y leído. Ahora mi curiosidad, al igual que Juan, se encontraba muerta, atropellada por la vida y su alacraneidad. 

domingo, 7 de agosto de 2016

La Mancha


Parece que va a llover. Las nubes agrupadas comparten sus penas. En cualquier momento algún dolor caerá en forma de gota, acá, donde habitamos los indignos. La mancha de vino continúa sobre el sofá. La veo y me veo tambaleándome dos noches atrás, cuando ya te habías ido de este lugar lleno de goteras que gritan soledad. Es tan verdadera la mancha, ¿sabes?. Me he acercado a olerla profundamente y aún se aspira la uva, aún se aspira el acohol. Recuerdo tu boca torcida hablando de tu anoréxico matrimonio, de las pérdidas financieras de un divorcio y lo poco conveniente de nuestro romance. Tu boca amarga lanzaba piedras de incertidumbre aquí, junto a mi manchado sofá. Ni una lágrima cayó de mis ojos al escucharte. El alcohol en mi cuerpo pesaba más que la tristeza. Tres cucharaditas y la venganza quedó diluida en el café que te brindé. El de la despedida, como dijiste mientras lo consumías por completo. Si pudieras verte ahora. Tu piel agrietada y flotante en mi bañera. Tus ojos estáticos, bien abiertos y clavados al ventanal. Afuera, una luna cuarteada aparece lentamente. El olor a lluvia empieza a invadir esta ciudad. Es la lluvia de los vivos que vemos a nuestros muertos escapar. 

jueves, 14 de julio de 2016

Tía Inés

A Raúl no le gustaba levantarse temprano, menos aún esa mañana que sentía una vitalidad de invierno. Con su cuello envuelto en aquella pelusa tibia de color negro que la tía Inés le había tejido años atrás, emprendió la caminata. Entre niebla y hastío el pie derecho disminuía su paso y entonces era el pie izquierdo el que tenía que actuar como el derecho y asumir el liderazgo. Pero cada tanto una piedrecilla aparecía en el camino y con un tropezón dejaba en evidencia ese andar improvisado, e instantáneamente cada pie volvía a su posición original. Él por su parte continuaba arrullado por la fragancia a lavanda que florecía de su abrigo. Aquella fragancia conquistaba cada rincón de su olfato y de repente volvió a ser el niño que agarrado de la mano de su tía desciende la montaña hasta llegar al riachuelo. En la orilla la tía deja caer su gran joroba de trapos y con un pedazo de jabón soba cada prenda. Luego arrodillada, sobre una desafiante roca comienza a fregar aquellas telas ajenas. Restriega hasta que sus nudillos lloran y enjuaga hasta que todo rastro de ardor jabonoso haya desaparecido. Él, empapado por sumergirse en el riachuelo ahora se sacude el agua como perro con pulgas. La tía se coloca nuevamente la joroba, se inclina hasta casi besar el suelo y le dice que se apure porque la luna es impaciente y no tardará en aparecer. Le pide que se acerque y pasa sus dedos por sus infantiles cabellos y luego le señala un punto en la cima de la montaña. Él entiende que caminarán hasta que el punto cambie de forma y se convierta en un techo. Luego caminarán más hasta que el punto se vuelva una casa. Es decir que subirán la montaña hasta que de aquel borroso punto señalado por el dedo agrietado de la tía, broten vigas, portales, césped, plantas, ventanas, establos y caballos. Solo entonces habrían llegado a la hacienda patronal y podrían dejar de caminar.

              Una palmada de bienvenida en el hombro lo devuelve a la adultez. Sus pies lo han llevado a una choza en medio de un terreno baldío. En el exterior una gran mesa -cubierta por un mantel de encaje y rodeada por estatuillas de santos- sostiene el féretro. Frente a la mesa, decenas de sillas plásticas han sido colocadas. En las cuales algunos de los familiares y curiosos del pueblo estan sentados. Cuando lo ven llegar, ciertos rostros borrosos lo reconocen, se acercan y le dicen frases que a él le saben a polvo. Entonces lentamente sus pies se dirigen hacia el féretro. Al principio no logra encontrar a su tía en el cuerpo marchito de aquella anciana, pero a medida que más se acerca el olor a lavanda se hace presente, como si entre esas manos inmóviles aún estuviese escondido un pedazo de jabón. Ya no hay ninguna joroba de ropa colgando de su espalda, ahora al fín ha partido y un esbozo de sonrisa se dibuja sobre su rostro. Entonces por primera vez él entiende. Su tía, con una sabiduría tan extraña a cualquier lógica, a tan corta edad le había revelado el mayor de los secretos. No era hacía la casona del patrón que ella le indicaba avanzar, ella intentaba mostrarle que la vida es un incesante movimiento hacia arriba.


jueves, 2 de junio de 2016

Entre sollozos


— Nunca pensé que esconder un cadáver sería tan difícil — susurró Matías al teléfono mientras sus ojos bailaban de un lado hacia el otro verificando que nadie estuviera observándolo.
— ¿Un cadáver? ¡¿De qué diablos estás hablando?! Te pedí que le dieras un susto, no que lo mates. — una voz exaltada sonaba del otro lado del auricular
— Nunca especificaste — refutó Matías — solo te pusiste a llorar desesperadamente y me dijiste que lo haga desaparecer.
— De mi vista, inútil. No de la vida.
— ¿Y ahora, qué mierda haremos? Mi padre ni siquiera sospecha que usé su auto anoche. — dijo con un tono de voz a punto de sollozar.
— ¿Haremos? Yo no lo he matado. En lo que a mí respecta, terminaré de peinarme, agarraré la mochila e iré al Instituto — contestó ella con tono calculador — por cierto, te pido que no vuelvas a llamarme y si nos cruzamos por los pasillos, no pretendas que me conoces.
— ¿Pretender? ¡Pero claro que te conozco! Venías siempre a verme. Me contabas lo cruel que era tu novio, lo de los golpes, de cómo sufrías y de cuánto me extrañabas cuando estabas con él. ¡Maté a Fernando por ti! — gritó él con una voz totalmente rota. Del otro lado de la línea la llamada ya había sido cerrada.

Matías era el menor de tres hermanos y al único que le habían permitido quedarse con su padre a raíz del divorcio. Ambos vivían en una casa tan grande como el puño de la mano. El dormitorio de Matías quedaba al final del pasillo. Sobre su cama había un pequeño ventanal que vinculaba con el patio. Tenía también un escritorio repleto de trofeos, carpetas y libros. En medio de todo, su computador. En el cual solía pasar gran parte de su tiempo conectado. Era miembro activo de foros sobre ciencia y matemáticas, donde Isabel lo contactó por primera vez. «El cerebro de la casa» solía decirle su padre cuando viernes tras viernes mientras él bebía con sus amigos en la sala, Matías, con sus anteojos bien pegados al rostro, caminaba hasta el patio, abría la puerta de la pequeña bodega donde solían guardar escobas y demás utensilios de limpieza, barría un poco el piso, enchufaba su ventilador y sobre una de las tantas llantas almacenadas se sentaba a leer a Capote, su favorito. Además en aquella bodega había visto lo más hermoso del mundo, los senos entusiastas de Isabel. Meses atrás había sentido como se desbordaban sobre sus manos temblorosas en una de las tantas noches que su compañera solía visitarlo. Exhaló al recordar. Sin embargo a los pocos minutos ya había vuelto a agarrar la bolsa de basura. El lugar comenzaba a apestar y no había tiempo que perder.

— ¿Te desperté?— la voz de la chica sonaba angustiada
— No — mintió él mientras encendía la luz del velador y se acomodaba el teléfono en la oreja— Pensé que ya no querías saber de mí, ¿estas llorando? — le preguntó.
— Se me ha aparecido, Matías— respondió ella con voz ahogada.
— ¿Quién?
— Fernando. Lo he visto hoy, antes de ir al Instituto, parado frente a mi casa, observando hacia mi ventana — dijo — Me he asomado y me ha visto fijamente, luego se ha alejado caminando.
— Pero eso es imposible — titubeó Matías— hace pocas horas volví del pantano. Lo he llevado en una bolsa hasta ahí. Yo mismo metí la pala en el fango, coloqué la bolsa y removí todo, hasta que no quedara rastro alguno. Nada.
— ¡No estoy mintiendo Matías! — Gritó Isabel — era él. Ahí, de pie, como si nada le hubiera ocurrido.
— El cerebro a veces nos juega pasadas. Con tanta ansiedad vivida en los últimos días seguramente…
— ¡Seguramente nada! No estoy loca — interrumpió ella— Fernando se me apareció y tú ahora suenas de lo más tranquilo, así no estabas ayer.
— Ayer tenía el cadáver de Fernando, a quien tú me imploraste matar. Hoy ya no. Borré cualquier huella, limpié el auto de mi padre tres veces, llevé la funda lo más lejos de casa y la hice desaparecer. No hay ni un solo policía que me tenga en la mira. Ni siquiera los padres de él me han llamado. Así que sí, hoy estoy más tranquilo. — sentenció firmemente.

Luego de cerrar aquella llamada Isabel decidió bajar a la cocina por algo de leche tibia. Salió de su habitación y empezó a avanzar lentamente hacia las escaleras. Antes se asomó por la puerta del dormitorio continuo para verificar que sus padres durmieran profundamente. «No seas tonta Isabel. Todo te ha salido de maravilla. No puedes andar con miedo ahora» se decía a si misma mientras esperaba que el microondas termine de calentar la taza. Ella, apoyada sobre el mármol del mesón, tenía sus pupilas clavadas en el vacío hasta que un ligero golpe en el vidrio de la ventana llamó su atención. La noche era intensa. Las luminarias de la calle apenas lograban reflejar esbozos de árboles y postes. Sin embargo, Isabel no tuvo duda alguna. Como una estaca bien clavada sobre la calle se levantaba la figura de su ex novio. Estaba vestido con un traje gris obscuro. Su rostro paliducho y aceroso hacía resaltar aún más el par de ojos azules que atacaban sin reparo alguno a los de Isabel. Debajo de ellos, una sonrisa malévola aparecía. La boca de ella, entreabierta, temblaba al igual que su mandíbula. De repente, la figura dio un paso hacia el frente, en dirección a la ventana. Luego decidió dar el segundo y el tercer paso. Cada uno más firme y largo que el anterior. Entonces un grito desesperado salió de la garganta de Isabel. Un grito que despertó a todos los vecinos, y por supuesto a sus padres.

Matías sostenía las manos de Isabel cuando ella abrió los ojos. La camilla era de hierro con una colchoneta cubierta con sábanas blancas. Junto a la camilla, un aparato también blanco mostraba con números rojos las pulsaciones de la joven. Un suero se conectaba a la vena más brotada de su muñeca izquierda.
— ¿Mis papás?— balbuceó la chica
— Fueron por un café. ¿Quieres que los llame?
— No— respondió — ¿Qué ha pasado?— preguntó confundida.
— Caíste inconsciente en la cocina de tu casa, Isabel. Luego reaccionaste y gritabas incoherencias como loca. La enfermera te puso este suero repleto de tranquilizantes — y con tono de voz suave dijo— el médico ha sugerido seguimiento psiquiátrico.
— ¡El viene por mí, Matías!— manifestó ella con voz ahogada por el llanto— él me odia y ha vuelto para vengarse.
— ¿Vengarse? Pero si Fernando te maltrataba. Nada fue culpa tuya— dijo firmemente Matías mientras sobaba el cabello de la joven.
— ¡Deja de ser tan idiota!— gritó con tono somnoliento ella — Fernando nunca me trató mal.
— ¿De qué estás hablando?
— Supe que le habían dado mucho dinero por su cumpleaños — sollozaba Isabel— lo contacté en el mismo foro que a ti. Fui su novia hasta que me llevé su dinero, luego necesitaba sacármelo de encima— el llanto desesperado hacía casi imposible entender sus palabras — y entonces te busqué.
— Estas delirando, Isa. Necesitas descansar. — dijo Matías con tono extrañamente comprensivo.
Las voces de los padres de Isabel comenzaron a escucharse por el pasillo del Hospital, cada vez más cercanas a la habitación.
— Escúchame bien— dijo ella mientras apretaba fuertemente la mano de Matías— Sobre el velador están las llaves de mi casa — continúo con tono desesperado— necesito que vayas a mi dormitorio y abras mi armario, adentro hay una caja de zapatos negra con el dinero— sin hacer pausa alguna continuó— Entrégaselo a los padres de Fernando— con labios temblorosos concluyó— talvez así me perdone y descanse en paz.
— ¿Cómo sigue mi pequeña?— la voz del padre de Isabel irrumpió en la habitación.
— Mejor, papá— respondió la joven mientras secaba sus lágrimas.
Matías, quien ya se había levantado de la silla y puesto su mochila, se inclinó y le besó la frente.
— Gracias — dijo ella— espero algún día puedas perdonarme.
— Y tú a mí— respondió él.

La llamada entró a tres cuadras del Hospital. Matías, quien caminaba con firmeza, observó hacia todos los lados antes de contestar
— Sí, todo según lo planeado— dijo — En la bodega a las ocho. — En su rostro se dibujaba una sonrisa de satisfacción. La misma que solía poner cuando resolvía una ecuación.



-FIN-

miércoles, 27 de abril de 2016

Reencuentro

¡Qué bueno que viniste! Siéntate donde desees. Yo me quedaré acá, en el borde de la cama. Sí, ahí en el banco está bien.  ¿Puedes creerlo, padre? Una hora más y finalmente podré irme contigo de acá. A las catorce horas, así decía el comunicado. Irónico, ¿cierto? Aún recuerdo a mi vieja decirme de niño « ¡Carlitos, Carlitos, Carlitos! Cuánta decisión la tuya al entrar en este mundo. Pese a enredarte con el cordón, luchaste por vivir y a las dos de la tarde en punto chillaste a todo pulmón » Ella no vendrá hoy, por cierto. Me han permitido llamarla más temprano pero me ha dicho que lo prefiere así. Que se quedará en casa y que me quiere, dijo. No frunzas el ceño. Tú la conoces mejor que yo. Seguramente irá a la cocina. Encenderá con esas manos agrietadas la hornilla. Pondrá la pava a calentar, y luego cuidadosamente, colocará un puñado de hojas de tilo en aquella taza de flores que le regalé en su cumpleaños. Exprimirá media tajada de limón en ella y cuando el agua esté hirviendo la verterá casi hasta el borde. Eso la calmará en seguida, así podrá recostarse un poco y cerrar sus ojos sin llorar tanto por mí. Además, esto es algo entre tú y yo.

Hoy la comida ha sido un lujo. Un puré de papas sin grumos, tal como me gusta. El guiso de res lo han preparado con vino tinto y champiñones, así se los indiqué. Pero lo mejor lo tengo acá, intacto aún. Un trozo de pastel de chocolate, como el que solíamos comer los domingos en la merienda. Este lo he guardado para ti. Sí, sí, lo podremos disfrutar después.  ¿Qué si tengo temor? Ya no. No creo que exista nada más aterrador que todo lo que he vivido acá. Pero hoy es un día distinto, revelador, tanto o más que aquella tarde cuando nos volvimos a ver. ¿Recuerdas que llevabas puesta esta misma camisa de lino azul que usas ahora? Yo apenas tenía quince años. Aquél mes había sido un constante ir al colegio y recibir pura crueldad de mis compañeros. Seguro fue como una peli de acción, me decían. Que cómo lucías cuando te encontraron, preguntaban. Que sí se siente bien ser hijo de un cobarde y demás comentarios que incluso los profesores parecían no querer silenciar. Como si cada detalle de la tragedia les produjera una mueca extraña. Mezcla de un genuino entretenimiento y una mal fingida preocupación. Sí, ya sé que en esa época ni sospechaba que seguías conmigo.  ¿Cuándo lo noté? Pero si ya te lo he contado muchas veces. Ocurrió después de clases. Al volver a casa me saqué los zapatos y caminé en puntas de pie para no despertar a mamá, quien desde el incidente no había vuelto a trabajar. Solía pasar en pijamas y dormir todo el día, rodeada de frascos. Con cautela recorrí todo el pasillo de la sala en dirección a mi dormitorio, pero antes de llegar sentí un viento suave sobar mi cabeza. Luego fue aquella sombra fugaz que la punta de mi ojo derecho alcanzó a ver lo que me inquietó. Cuando avancé hacia donde se había ido, ahí parado en medio del jardín estabas tú. Habías vuelto y lucías como si nada hubiera ocurrido. Tenías la misma sonrisa con la que solíamos jugar a la pelota cuando yo era un niño.  ¡Sí, exacto! Lucías libre.

¿Ya, tan pronto? ¿Solo media hora más es lo que han dicho, papá? ¿Si me arrepiento? Pues no. Siempre confié en ti. Aún recuerdo la cara de mi madre cuando le comenté de nuestros encuentros. ¡Basta con eso! El ya no volverá, me decía. Solo cuando la increpé con lo que tú me habías contado se quedó con la boca trabada y sus ojos se aguaron. ¿Cómo te enteraste?, me preguntó. Mi padre me lo ha dicho, le dije. Sobre tus llamadas ocultas con mi tío, sus escapadas a la playa, me ha dicho todo lo que le escondieron durante años y cómo aquél día, cuando él los descubrió, fue su propio hermano quien le dio la soga. La cara de mi madre lucía como estatua de cera. No sabía si era a causa de lo que había escuchado o de la cantidad de medicamentos que tomaba. Clavó una mirada tan fuerte en mí que sentí que algo logró romper, se levantó del sofá y sin cambiarse de ropa, agarró su bolso del mesón, luego avanzó hasta la puerta principal, sin cerrarla continuó caminando hasta llegar al auto, lo abrió torpemente para luego encenderlo y acelerar hasta perderse de mi vista. De ella no supe más en años. Yo ya estaba acá cuando vino a visitarme. ¿Te acuerdas? Sobabas mi cabeza mientras ella me reprochaba lo que había hecho. Sé que ella por un momento colocó su mirada sobre ti aunque se empeñaba en negarlo. No seas tonto. Es  la sombra de la mesa, me dijo. Es deber de un hijo vengar a su padre, contestaba yo a sus reclamos. Además, yo no sabía que mis primos iban a estar ahí también, intentaba explicarle. Pero fue en vano. Solo se tapaba la cara con ambas manos para que no la vean llorar, pero sus quejidos se escuchaban en todo la sala de visitas.

¡Pobre la vieja!, padre. Seguramente ya se habrá tomado a esta hora su té. Seguramente estará durmiendo como un ángel cuando el guardia que abra la celda, me tome del brazo y me lleve a aquel cuarto. Sí, seguramente ya estará dormida cuando tú y yo volvamos a estar juntos. Esta vez, por la eternidad.

domingo, 20 de marzo de 2016

Querida Mía


 Aquella madrugada había sido Renato quien se había despertado por causa de los murmullos de Mía. Ella, acostada a su lado y con los ojos aún cerrados, temblaba como hoja de papel al viento. Su cabellera negra la tenía empapada de sudor, y sus labios, algo resecos, balbuceaban dos o tres palabras que resultaban imposibles de entender.
¡Amor! ¡Despierta! — le dijo él mientras con una fuerte sutileza sacudía el brazo izquierdo de la joven.
¡Ayuda! — gritó cuando impulsada como resorte se levantó con los ojos bien abiertos, emitiendo un sonido de garganta asfixiada.
Tranquila — le dijo — ha sido solo una pesadilla. En un abrazo la cubrió por completo y sintió a su corazón latir como un polluelo recién salido del cascarón.
Ha sido la misma pesadilla de toda la semana, Renato — la voz de ella se empezaba a quebrar de a poco — otra vez la misma estúpida pesadilla. La misma mujer mirándome fijamente, el mismo tren — las lágrimas brotaban de sus ojos y caían por ese par de labios temblorosos — y el mismo final para mí, sabes. Otra vez me despierto antes de, ya sabes, antes de que el tren …
Ya pasó— la interrumpió él— Ahora estás a salvo — le dijo con tono tranquilo, casi a modo de susurro— Tu quédate acá recostada, iré a prepararte un té — se calzó los pies, abandonó la cama y salió del cuarto en dirección hacia la cocina.
Luego de beber el té, la respiración de Mía ya no sonaba agitada, su rostro había recobrado la tonalidad rosada y su mirada yacía sobre los ojos de su novio.
¿Te sientes mejor? — le preguntó—Talvez mañana podrías pedir permiso en la oficina y descansar — dijo él mientras retiraba la taza vacía de las manos de ella y la colocaba sobre el velador.
Talvez debería llamar a mamá. — contestó ella como si no hubiese escuchado su sugerencia
¿Otra vez con eso Mía? Con lo supersticiosa que es tu madre, seguro tus nervios empeoran. — protestó con tono firme.
No me mires así. Ella es la única que ha pasado por esto. Y alguna manera habrá encontrado para resolverlo.
¿Quieres resolverlo? — continuó él— entonces podrías llamar a tu terapeuta. Eso sí sería conveniente. — concluyó.
No, gracias. Prefiero el parloteo de mi madre antes que volver a terapia. Los psicoanalistas son unos insoportables— al segundo de haber dicho eso, fue ella quien inmediatamente agarró el brazo de él — incluyéndote — le dijo con una leve sonrisa en el rostro. Luego lo besó.

Tan pronto escuchó el auto de Renato arrancar por la mañana, Mía se levantó de su cama y corrió hacia el teléfono. Una vez que lo tuvo entre sus manos, empezó a marcar.
Mamá, me ha vuelto a pasar— le dijo Mía a su madre.
¿Qué cosa mi vida? Dime que tú estás bien— la voz de la señora sonaba aún más nerviosa que la de la joven.
El sueño, madre. Aquél sueño del tren avanzando, aquel que te conté el otro día — prosiguió sin detenerse— Quiero saber qué significa. Dime por favor cómo lo solucionaste tu — exhaló.
Pero si yo no hice nada, hija. Ya te he dicho que era mi amiga Ramona la que en esa época solía descifrarme los sueños que tenía. — contestó la madre— Luego de clases nos juntábamos todas en la sala de su casa. Ella se acercaba una a una, escuchaba los sueños y decía cosas concretas sobre nuestro futuro y listo. No volvía a repetirse el sueño— luego de un largo suspiro continuó— ¡Sí que era buena Ramona! Ella sabía cuánto yo deseaba tener una hija y cuando estaba embarazada de ti gracias a ella supe que serías una nena. Pese a que los médicos decían que serías un ...
Esa historia ya me la has contado mamá — interrumpió Mía— pero nunca me habías dicho que luego de escuchar su predicción el sueño no volvía a repetirse— con la mano derecha Mía sostenía el teléfono contra su oreja, mientras que con la izquierda sacaba del velador su pequeña libreta y un lapicero— dime dónde vive esa tal Ramona, madre— preguntó.
No tengo su dirección actual, te daré la de aquella época. — titubeó la madre— luego de tu nacimiento no tuve más de esos sueños y dejé de frecuentarla.
Pensé que eran amigas
Lo éramos pero — continuó evasivamente— mira, si estas tan decidida a averiguar lo que sueñas, anda y si aún vive ahí de paso le preguntas si ya no anda de resentida — lo dijo con tono burlón.
Yo le pregunto mamá. Lo que sea con tal de ponerle fin a todo esto.

Eran las ocho de la noche cuando Mía descendió del metrobús en busca de Ramona. Abrió con sus manos temblorosas el bolsillo más pequeño de su cartera y sacó el papelillo. Lo miró y luego observó el rótulo pegado en la pared de la esquina. En efecto, se encontraba en la Calle Ayacucho. La misma que su madre le había dictado horas atrás por teléfono. Mía llevaba puesto un vestido recto color gris que contrastaba con el tono de su piel, y zapatos de tacones azules. Los cuales hacían a sus pies enredarse constantemente en aquél camino empedrado. Los faroles de aquella calle lucían tan deteriorados como las casas, y con la luz del día marchitándose casi por completo la tarea de leer los números colocados en cada portón de madera le resultaba a Mía casi un imposible. «Esto me pasa por venir después del trabajo» pensaba mientras intentaba, a paso inestable, acelerar la búsqueda de Ayacucho 512. Fueron tres cuadras las que tuvo que avanzar hasta dar con la casa. El lugar parecía no haber sido pintado en años. Había solamente una pequeña ventana de la que colgaba una cortina con encajes que alguna vez habían sido blancos. La puerta, color sarro, aparentaba poder ser abierta de una sola patada. Primero tocó despacio a la puerta, luego un poco más duro y luego de un rato, tocó con su puño tan fuertemente que un lado de la cortina colgada en la ventana se cayó. «Ya ni modo» pensó Mía mientras se alejaba. Las mismas cuadras que había recorrido minutos atrás con paso de esperanza, ahora eran caminadas con tanto desinterés que ya ni a sus pies les importaba tropezar.

Parada sobre la línea del metro sintió una mano tocar levemente su hombro. Al girarse ahí estaba, con una sonrisa de par en par, la mujer que había aparecido en su sueño la miraba con unos penetrantes ojos negros. Tenía el pelo rojizo, los dientes partidos y un velo de encajes caía sobre sus hombros hasta sus pies. La anciana, lentamente, acercó su rostro al oído de la joven, quien petrificada no lograba emitir más que un chillido casi inaudible, «Cuéntame tu sueño, Querida Mía» le susurró lentamente. Mía se desvaneció al instante. Caída, entre pestañeos intempestivos logró ver hacia arriba. En medio de una multitud que se cubría los ojos o lanzaba gritos de horror, se encontraba la anciana sonriendo fijamente. Como si estuviera disfrutando de aquél sonido a chispas que hace el motor eléctrico del Metro cuando se acerca a toda velocidad.

domingo, 21 de febrero de 2016

Tradición al dente

El sol lanzaba sus primeros rayos sobre el pavimento cuando Alberto - quien aquella mañana paseaba en su bicicleta como de costumbre - sintió un apetito voraz invadir su estómago. Para alguien como él, las dos manzanas y el sándwich que horas atrás había desayunado no resultaban suficiente, y ahora necesitaba encontrar alguna fonda, quiosco o lugar dónde comer antes de emprender el camino de regreso. Desafortunadamente él había pedaleado hacia El Encanto, un barrio bastante apartado y por ser el menos comercial de la ciudad, muy poco conocido.

Casas enormes con jardines de abundantes flores se asomaban por sus pupilas, sin embargo ningún supermercado aparecía. Los residentes, todos mayores, cada tanto pasaban por su lado y lo observaban con la misma extrañeza que provocaría ver a un pollo en el desierto. Su estómago empezó a rugir insistentemente, eran las tripas entonando la melodía del hambre. Nadie parecía compadecerse por aquél muchacho que deambulada con rostro de agotamiento. En el momento que su esperanza parecía flaquear observó -sobre la loma- a una minúscula tienda de abarrotes. Pocos minutos después se encontraba tocando el timbre del lugar para ser atendido. Una, dos, tres veces y nada. Entonces comenzó a golpear el umbral de la puerta enfáticamente hasta que escuchó a lo lejos unos pasos. El sonido lento pero constante se volvió más claro y al poco tiempo apareció un anciano con una sonrisa escasa de dientes detrás del mostrador. Alberto le pidió un paquete de galletas y una botella de jugo, el señor alcanzó los alimentos y luego de recorrerlo centímetro a centímetro con la mirada, le indicó que el precio a pagar era de diez dólares.

— ¿Diez dólares? ¡Eso es absurdo! — Contestó el muchacho— no sabía que fuese un barrio tan caro. Solo tengo tres dólares pero muero de hambre señor— aseguró.
— ¡Tranquilo chiquillo! No puedo rebajar el precio de los productos pero, ¿adivina qué? Con mi mujer estábamos a punto de comer nuestra tradicional sopa de fideos con carne, si no te incomoda hacerle compañía a un par de ancianos podemos brindarte un poco. Mira que será el plato estrella en las próximas fiestas comunales— dijo mientras tronaba sus dedos.

Alberto, más presionado por su estómago, aceptó. A través de un pasillo ingresó a una cocina donde los rayos del sol habían sido reemplazados por la luz de un debilucho farol que amenazaba con apagarse en cualquier momento. Una anciana algo opaca se encontraba sentada junto a una mesa tan antigua como el resto del lugar. Cuando vio entrar al joven una sonrisa turbia apareció en su rostro. Alberto se acomodó en un banquillo de madera.
La sopa fue todo lo que esperaba y mucho más. Desde que llevó la primera cucharada cargada a su boca sintió un placer indescriptible. Los fideos tan frescos y al dente y esa carne tierna y de sabor único parecían reconfortar su estómago como solo la comida de abuela puede hacerlo. Tanto fue su encanto por la sopa que cuando el anciano le sugirió tomar un segundo tazón él, sin dudarlo, acercó su pocillo para que sea llenado nuevamente. Conversaron poco o nada, pero eso a la pareja parecía no importarle. Mientras Alberto más comía, ellos más se contentaban.

— ¡Su sopa ha sido la más rica del mundo! Muchísimas gracias — les dijo Alberto de forma casi eufórica mientras montaba su bicicleta— Ustedes fueron muy buenos conmigo, ojalá algún día yo pueda devolverles el favor— y con una energía envidiable comenzó a pedalear.
— Ojalá chiquillo, ojala— murmuró la anciana mientras apretaba fuertemente la mano de su marido.

Al cabo de una semana Alberto se encontraba acostado en su dormitorio cuando de repente empezó a sentir un cosquilleo en su cuerpo. La picazón lo recorría desde la planta de los pies hasta alojarse en su cabeza. Luego de rascarse compulsivamente sin lograr aplacarla, se levantó. Lo primero que hizo fue sacudir las sábanas de su cama pero como esto tampoco mejoró la situación, algo malhumorado entró a la ducha. Colocó una gran cantidad de shampoo en sus manos pero estas no podían mantenerse quietas. Su cabeza se había convertido en un campo de batalla entre él y lo desconocido. De pronto al rascarse, pedazos de cabellos comenzaron a caer. Trozos tras trozos de pelos suicidas dejaron a su cráneo transformado en un lienzo en blanco. Alberto quería gritar pero las lágrimas no se lo permitían. Quería parar de rascarse pero la picazón le resultaba intolerable. Un rato después la picazón cesó pero miles de piquetes comenzaron a atravesar los poros de su cabeza de adentro hacia fuera. Cuando horrorizado corrió hacia el lavamanos, el espejo le devolvió la imagen de un joven que ya no era él. Tenía sus ojos, su nariz y su boca, y se sentía como él pero sobre el cráneo de aquél extraño en lugar de cabellos crecían millones de largos y frescos fideos. Tan al dente y apetitosos como los que él había comido semanas atrás. Mientras más los observaba menos entendía. Lo único que sabía es que necesitaba resolverlo antes que toda su familia se levante a desayunar.

Llegar no fue sencillo, con su cabeza cubierta para que ningún fideo se enrede en su cuello tuvo que pedalear lo más rápido posible contra los vientos de la madrugada.
Cuando tocó la puerta, a diferencia de la primera ocasión, esta vez se abrió de inmediato y él entró. La anciana se encontraba de pie en el pasillo, lucía muy despierta para aquella hora. 

— ¡Chiquillo, qué bueno verte! Te estábamos esperando — dijo desde una esquina el viejo mientras cerraba la puerta.
— ¿Esperando? ¡Miren lo que me han hecho viejos de mierda!— y al decir esto dejó caer la capucha y millones de fideos cubrieron su espalda— No sé cómo, pero ustedes tienen que ayudarme— afirmó.
— Nosotros ya te ayudamos querido mío, me parece que ahora es tu turno de ayudarnos— respondió suavemente ella con una sonrisa en los labios.
— ¿Ayudarlos? ¿Ayudarlos a qué?— balbuceó Alberto.
— A conservar la tradición hijo, a conversar la tradición— contestó el anciano mientras bajaba del estante una gran olla de hierro.

Al día siguiente la fiesta comunal ¨El Encanto¨ fue noticia en todo el país. Hubo presentaciones de danza, bandas locales y por supuesto la tradicional sopa de Don Genaro y Doña Raquel fue la sensación del evento. Tal como escribió en su columna un joven periodista a quien la pareja brindó una considerable porción «Nunca saboreé carne tan suave y fideos tan exquisitos como los de esta sopa, seguramente volveré por más».

viernes, 19 de febrero de 2016

Chela


A Laura la conocí en el Liceo. Ambas cursábamos el cuarto año de colegiatura. Lucía similar a una espiga de trigo y tenía cierto aire de velorio en su andar. En clase de Historia solían sentarme junto a ella y cada vez que la profesora -con voz de ceja fruncida- le preguntaba algo, ella pegaba la mirada al suelo y escondía sus manos llorosas entre los pliegues de su falda. 
En cierta ocasión estábamos terminando la primera de cinco vueltas a la cancha que el profesor de Deportes nos había pedido correr cuando el Inspector se acercó al grupo, a modo de irrupción levantó su palma hacia el frente de todos, a los pocos segundos nuestros zapatos frenaron al unísono. Luego la llamó a ella y con el dedo índice le señaló el graderío. Segundos después él sacó del bolsillo de su camisa un sobre con sello del Hospital General y lo estiró hacia las manos del profesor, quien lo observó casi sin lograr parpadear para luego volver a soplar el silbato que en ningún momento había sacado de su boca.

- Falla congénita— fue lo que Laura respondió cuando al terminar mis vueltas me acerqué hacia donde estaba sentada y le pregunté por qué había dejado la práctica.
- Falla congénita? Sabes que soy media tonta. Dímelo en español.
- Mi mami me dijo que me harán un trasplante, mi corazón no sirve— lo dijo con una entonación de copa rota mientras sus ojos parecían a toda costa evitar encontrarse con los míos. No supe que decirle pero durante los días siguientes caminé atrás de ella las cuatro cuadras que separaban el Instituto de su casa.

Fue un lunes cuando en el Liceo nos enteramos cómo había resultado la operación. Para no desentonar con el ambiente la Directora alargó nuestro receso y algunos de los profesores, incluso la de Historia, sonreían como si se tratase de una hija o una sobrina la que se había salvado de morir. 

- Pasen chicas, pasen ¡qué lindo que vengan a ver a Lau! Le hará tan bien— dijo su madre mientras nos plantaba un beso en el cachete a cada una y señalaba con su dedo índice el sofá más grande de la sala. Ese de pequeñas flores bordadas con hilo de oro. Junto a él, sobre una mesita, tres vasos de limonada fresca y una fuente de galletas de avena aguardaba por nosotras.

Laura empezó a bajar las escaleras apoyada del brazo de una enfermera, quien, según nos comentaría luego su madre, habría estado asistiéndola desde su salida del hospital. Mi compañera llevaba puesto un camisón abotonado. Del tercer botón, el de su pecho, salían dos finos tubos que coincidían en un suero colgado tristemente de un soporte de metal, el cual la enfermera halaba según el ritmo de los pasos de su paciente. Cuando Laura ya estaba acercándose a la sala, Carmen y Rocío, mis otras dos compañeras, se habían levantado del sofá y acomodaban unos almohadones en una de las butacas.

- ¡Laurita, eres una campeona! Solo dos meses y ya casi lista para volver al Instituto – dijo Rocío a modo de rompehielo.
- Ajá
- ¿Cómo te sientes? En la clase todas te mandan muchos besos y la Directora dijo que por nada del mundo te preocupes por las tareas. — inferí luego de un largo sorbo a mi limonada.
- ¿Preocuparme por la tarea? ¡Tamaña estupidez! Me siento como si me hubiesen partido por la mitad y sacado el corazón, talvez porque eso fue lo que ocurrió. Me siento con ganas de arder— respondió Laura con una risa tan extraña a ella.
- Hija, por favor. Tus compañeras han venido a visitarte porque te extrañan mu…
- Madre, madre, madre. —interrumpió Laura — ¿Por qué no te callas de una vez?— y con una mueca de labios llamó a la enfermera y emprendió su retirada frente a esos ocho pares de ojos que no podían lucir más abiertos de lo que estaban.

A Laura, efectivamente, no le volvió a interesar la tarea. Cuando en clase le preguntaban algo ahora era ella quien mantenía la mirada fija en los ojos de la profesora mientras se levantaba del pupitre hasta estar lo suficientemente cerca y de un solo palmazo golpeaba su escritorio, para luego mostrarle su mano ardiendo de dolor. La maestra daba un salto de bicho asustado. Y nuevamente la risa extraña hacía eco por todo el salón. 
Cinco semanas desde el reingreso de Laura y la Directora estaba firmando la décima citación. Cuando la vi, Laura aguardaba en el despacho. Había cambiado su pelo de trigo por uno color fuego y sus manos llorosas por unas llenas de cicatrices propias de los fósforos que ahora solía usar para amedrentar a una que otra chica. Nuestras miradas se chocaron y por un impulso inexplicable moví mi mano a modo de saludo pero no fue correspondido.

- Acá tienes tu citación Laura, ahora es expulsión temporal. Después ya veremos. Piensa bien en lo que estás haciendo jovencita.
- ¡Chela, estúpida! Cuántas veces tendré que decirle que ahora me llame Chela.

Los bomberos acudieron lo antes posible al llamado de uno de los vecinos. Desde la esquina de enfrente el Liceo lucía como un gran trozo de carbón. La madrugada olía a odio. Una risa extraña nuevamente se hacía escuchar, pero esta vez provenía del interior de un patrullero. 
La semana pasada he ido a visitarla junto a su madre, ¨Correccional de Menores Infractores¨ se llama el lugar. Cuando hemos ingresado uno de los dos guardias le ha pedido a la señora que le corrobore los datos de su hija, al hacerlo se vieron entre ellos y sonrieron.

- ¿Pasa algo?— preguntó la madre
- No señora, para nada. Solo que pocas adolescentes llegan acá por estos motivos— comentó el más gordo de los dos.
- Si, hace medio año tuvimos a otra amante del fuego. En su último atentado la llevaron de urgencia al Hospital General pero la pobre no corrió con mucha suerte. — sentenció el otro.

El sonido del sello cayó sobre la autorización de pase mientras la puerta de la habitación se abría. En la mesa del fondo ella aguardaba por nosotras. 

jueves, 7 de enero de 2016

PASO FIRME


-¿Por qué demonios sus dueños los han abandonado en ese inhóspito lugar? – pregunté desde la acera, con la mirada clavada en la vidriera de enfrente.

– Por insoportables - respondió él – caminaban sacando la lengua ¡una desfachatez! Así no hay dueño que aguante. La disciplina servirá. – afirmó.

- ¿Disciplina? ¡Maltrato querrás decir!- refuté indignada- aquél viejo es un sádico, hemos visto cuántos golpes reciben los que caen en sus manos

- Maltrato o no, funciona. Salen rehabilitados y firmes – aseguró.

Aquella tarde, pese a las piedrecillas, anduvimos sin parar. Él por disciplinado y yo por miedo al anciano que ¨los de arriba¨ llaman ¨zapatero¨.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

La Traición

Han pasado dos horas y su celular continúa apagado. He decidido salir a buscarla pero no sé por dónde empezar. Pienso en ella pero también en Rebeca, y lo feliz que me he sentido desde que la conocí. Le he pedido al taxista que deambulemos por las plazas y calles cercanas a la casa y mientras mis ojos intentan localizarla, mi cabeza continúa desmenuzando cada detalle de la pelea. - Yo por ti renuncié a todo y así me lo pagas- me dijo y luego ese portazo que no derrumbó mi espíritu, pero sí la perilla. Recuerdo que al agacharme a recogerla su mirada aún intentaba fulminarme. Sobre la mesa el aparato delator seguía encendido revelando mi mentira. No todos estos veinte años viviendo juntos han sido así de malos, debo admitirlo. Los primeros estuvieron cargados de recuerdos inolvidables. Ella aún conserva muchas fotos de aquella época, no hay reunión familiar que no se convierta en pasarela de imágenes. Imposible describir las caras de incomodidad que ponen los demás al sostener nuevamente sobre sus manos nuestro pasado compilado en una Tablet. Cuando a ella le brillaba la sonrisa por mí y yo la abrazaba cómo si de aquella mujer hubiera dependido mi vida entera. Y luego llegan los comentarios sobre cómo ha pasado el tiempo y el halago de decirnos que seguimos igual de hermosos para amortiguar cualquier hilo de tensión previa. El taxi es antiguo y ruidoso, su interior está cubierto por estampillas de santos y, en medio de todas, una gran Virgen María con el niño Jesús en su regazo parece cuidarnos. El conductor me observa por el retrovisor constantemente, disminuye la velocidad y sugiere que nos detengamos un momento hasta saber hacia qué lugar ir. Se me ocurre entonces buscar a Rebeca y contarle lo sucedido, la pobre no tiene ni idea de lo que ha ocasionado su último mensaje. El auto se ha puesto en marcha nuevamente y con él un ruido a tuerca floja se ha hecho presente. Recordé que horas antes un sonido similar había hecho la puerta de su habitación cuando se entreabrió durante la pelea y cómo mis pies se habían encaminado hacia el interior. Al verla sentí su afilado dolor atravesarme el tórax. Siempre fui así de vulnerable, como pollo deshuesado sobre un mesón, rodeado por cocineros que hacen de él lo que desean. En ese instante fue ella quien me despellejó vivo con sus lágrimas. Me preguntó por cuánto tiempo se lo había ocultado. Tres años, respondí. ¿La has traído a nuestra casa? Mi silencio gritó que sí. Me sentí un cretino. -Lo recuerdo- es lo que atiné a contestar cuando mencionó  las veces que le aconsejaron que se distanciara un poco de mí y cómo ella nunca se apartó de mi lado, porque en su corazón siempre seríamos solo los dos. La ruta está más congestionada que de costumbre a causa de una patrulla que posiblemente ha decidido impedir el paso por ir en búsqueda de algún ladronzuelo. Otros conductores golpean fuertemente las bocinas, pero el señor del taxi ha preferido aprovechar la situación para contarme cómo ayudó a detener a unos criminales cuando era joven, sonrío cual acto caritativo. Al igual que horas atrás había hecho con aquel abrazo que ella me pidió. El cual me llevó de vuelta a nuestra primera casa, donde cada noche mis miedos abrazaban a su soledad. Le dije que podría seguir contando conmigo, que yo no desaparecería de su vida. Su boca hizo un movimiento de risa fúnebre. Me preguntó por su nombre y su edad. Luego quiso saber dónde nos habíamos conocido y qué sabía ella sobre nuestro hogar. Respondí que yo no hablaba de esos temas con Rebeca y súbitamente la habitación se volvió tan silenciosa como un trueno. Sus reclamos jugaron al ping pong entre ambas paredes. A mi derecha, sobre una repisa, la colorida tortuga de tagua que habíamos traído de algún viaje a la playa lucía atemorizada. Agudicé la mirada y noté algo de complicidad por parte del animal, o talvez solo se trataba de un exceso de pintura negra que le daba a su ojo izquierdo cierta apariencia de guiño. Recuerdo que sonreí. - No, no me estoy burlando de ti – le contesté. Por su gesto, supe que no me había creído. Respiró profundamente y con la misma ternura que solía limpiar mis lágrimas agarró mi celular de la mesa. Ya no escarbó en los mensajes y fue directamente a las fotos. Su índice se movía por toda la pantalla como un director de orquesta, hasta que la encontró. La fotografía gritaba juventud, tenía el sabor de los primeros besos y esa mirada perdidamente inquietante que tienen las rubias a los dieciocho.  Me preguntó quién más sabía al respecto. Le dije que mi padre. No me sorprende, comentó. Sacaste lo peor de él. Agarró su bolso y se marchó. El taxi no ha logrado estacionarse a la entrada de la Facultad porque hay mucha gente amontonada. Me abro paso entre profesores y compañeros de carrera pero mi prisa no alcanza y cuando llego encuentro a Rebeca caída en el pasto, el fluido proveniente de su cabeza ha obscurecido sus cabellos. Un vacío de inexistencia se ha alojado en su mirada. El oficial se acerca, señala a la víctima y luego con el mismo dedo apunta al interior de la patrulla. Me hace una sola pregunta que me deja desarticulado como  tortuga sin caparazón. Solo logro balbucear…es mi novia y es mi madre.     

FIN

sábado, 26 de septiembre de 2015

Caridad intergaláctica

El día que los extraterrestres supieron que en la tierra muchos desamparados pedían limosna, aterrizaron su nave y los pulverizaron. No pensaron en ninguna obra más caritativa que librarlos de ser humanos.

La Guerra

Cuando los adultos se cansaron de matarse entre ellos, decidieron declararle la guerra a los niños. Los obligaron a usar corbatas, zapatos de tacones, atuendos seductores, a maquillarse y a estudiar todo el tiempo hasta hacerlos olvidar de cómo jugar. Al poco tiempo habían ganado, habían asesinado a millones de niños ahogándolos en el tormentoso mar de la adultez.

lunes, 27 de julio de 2015

Zambullido

El libro se había convertido en una extensión de su mano. Sobre todo ahora que su circunstancia coincidía con la de Fernando, el personaje principal. Ella sentía que aquella arena sobre la que estaba echada era la misma que, en la novela, corría por los dedos del protagonista cuando éste aventaba un poco al pelo de su querida Lucy, una chica excesivamente encantadora que en ocasiones despertaba en el lector el más cruel de los cariños, y otras veces el más benévolo de los odios.
- ¿Realmente te quedarás acá con tu ficción? Mira qué rica se ve el agua - interrumpió su compañero de viaje - Lo sé, pero ya estoy tan cerca de terminar el capítulo final y si lo cierro  justo en este momento aunque vaya a divertirme contigo, mi pensamiento quedaría atrapado entre sus páginas. Adelántate que ya mismo estaré ahí – A medida que las pisadas de él se alejaban, los ojos de ella -como dos adictos- volvían a consumir la lectura

El pobre hombre entra a aquella bañera de champagne salado. Al igual que un crío inseguro, él también retuerce sus dientes al sentir como el frío agarra sus pies. Desde la orilla su amiga escondida detrás de un libro,  lo observa con la meticulosidad de quien estudia a un insecto. 

Ella, quien se sentía cada vez más inmersa en el escrito, continua leyendo

…Una y otra vez él busca zambullirse hasta el fondo de la espuma marina y recuperar aquella sonrisa de niño que un día tuvo. Sonrisa que le truequeó a la vida por huesos más largos, preocupaciones complejas  y un empleo para comprar muchas cosas, excepto tiempo. 

Las ganas que sentía por terminar la última página eran igual de fuertes que las que sentía por no terminarla, sabía sin duda alguna, que aquella novela marcaría un antes y un después en su vida, sin esperar más prosiguió

… Entonces la ola, como una gran mano blanquecina, se eleva para luego en picada descender hasta él. Primero le acaricia el pelo, luego con mayor intensidad abofetea su rostro repetidamente para borrar cualquier rastro de autocontrol, común en los adultos. Como una madre primeriza lo envuelve por completo hasta desaparecerlo de las pupilas angustiadas de su amiga, quien ahora ha dejado caer el libro  y salta y grita como un chimpancé, a la vez que intenta retenerlo en sus ojos de amor no manifiesto. El sol besa la arena y ésta arde de pasión bajo los pies de las personas que se han amontonado para poder observar a dos pescadores que por su magistral nado se confunden con los peces; y cada tanto un ¨ ¿Lo encontraron?¨ emerge de alguna garganta y flota en el aire junto a las aves que aletean como intentando huir de ellas mismas. Sin duda alguna, la verdadera jaula no está hecha de barrotes, sino de huesos y cartílagos, piensa un extranjero de la multitud mientras las observa. La amiga es la primera en notar cómo, luego de un buen rato, un par de sombras comienzan a convertirse en figuras humanas a medida que de las profundidades retornan a la orilla. Una de ellas lleva adherida a su espalda una gran joroba que poco a poco al acercarse va tomando la forma de un tercer hombre. Segundos después los pescadores colocan ese cuerpo sobre la arena infestada por la multitud.

Ella, ahogada entre lágrimas y con la misma mano que se había negado a cerrar su libro para entrar con él al mar, ahora ante la mirada de pescadores y turistas cerraba los ojos de su compañero, ya zambullido en la eternidad. 

sábado, 11 de julio de 2015

Casi dulce

Su cara de durazno magullado me daba lástima, pobre. Incluso después del segundo calmante que navegó rápidamente por ese mar de sangre ella no cesaba de moverse. Era un revoltijo de músculos luchando contra aquella camisa, o mejor dicho, contra aquella cárcel de tela, porque eso es lo que parecía ser. Entonces, cuando movía el hombro derecho lograba desajustar un poco la correa de su pecho, y tan grande era su hambre de libertad que con aquellos míseros dos centímetros sueltos alimentaba su esperanza. Pero luego, al mover el hombro izquierdo la pretina de la correa de manera caprichosa volvía al lugar inicial y entonces la pobre se frustraba y de forma aún más berrinchuda movía sus piernas, que no hacían más que cambiar el dibujo de las sábanas. 
Los otros pasantes se reían, yo no. El médico, por su parte, con la misma empatía de un aparato electronico describía cada reacción. -¨Podemos observar un estado catatónico en las extremidades inferiores¨ - argumentaba cuando sus piernas, como dos palillos usados, caían rendidas ante la mirada del público de mándil. Los pasantes, como gallos de pelea, abominablemente desnudaban su horrendo pelaje servil hacia el profesor. 
Uno de ellos, luego de poner un pañuelo dentro de aquella boca gritona, agarró unas tenazas similares a las de una langosta y atrapó su cabeza. Segundos más tarde, ésta saltó como lo hace el maíz cuando se convierte en canguil. Otros dos sostenían el resto de su cuerpo y una de mis compañeras, a modo de destacarse apuntaba todo lo que escuchaba en una libretita tan grande como ella. A mi me asignaron la tarea más dificil, vigilar cómo se recuperaba en su habitación. Ya con todos sus sentidos dormidos la he acomodado cuidadosamente como a servilleta sobre el mantel. Ella me mira como buscando al humano detrás del mandil y entonces yo, en la penumbra verde del amanecer siento casi dulce pasar mi mano por aquel hombro, que aún medicado, se estremece y me rechaza. 


viernes, 3 de julio de 2015

Fermín

Los gritos de los vecinos interrumpieron la curiosidad de los demás. Incluso la hija menor, quien había estado arrodillada por horas cómo pidiéndole perdón a la difunta, se levantó de inmediato. Todos salieron de la casona y Fermín fue el único que se dispuso a atraparla. Era larga y ruidosa, algunos decían que también era venenosa. Lo cierto es que se había acomodado plenamente sobre el mesón mientras comía trozos de los libros de cocina que la anciana solía, años atrás, leer. Fermín la agarró con tal facilidad como si aquel reptil confiara plenamente en él. Ante las miradas de los invitados que gritaban que la desaparezca, él caminó nada más que hasta el fondo del jardín, donde la guardó en una caja y volvió al velatorio.
La muerte de la señora Rosa la supo de inmediato todo el barrio. –Para ser popular solo hay que morirse – murmuraba Fermín mientras servía el café con roscas a decenas de vecinos que se amontonaban como polvo para ver el féretro. Fermín, quien había trabajado para la Doña durante los últimos veinte años no sabía si la gente se acercaba por fraternizar con la familia o por comprobar el tamaño de las roscas que la anciana merendaba todas las tardes en el balcón. La mencionada merienda había llamado la atención de todos, especialmente de los niños – Mira mamá, el dedo de la vieja parece un grano de chocolate – solían comentar al ver cómo Doña Rosa asentaba su pulgar sobre la rosquilla. Fermín recordaba estos episodios con claridad, porque era él quien tenía que apaciguar a la anciana al escuchar a aquellos ¨mocosos¨ -como ella les decía- burlarse a metros de su balcón. Lo cierto era que la difunta tenía un carácter inaguantable, ni siquiera sus propios hijos solían visitarla. – Tu eres como un hijo para ella Fermín, te quiso desde que eras un chiquillo, ahora te toca a ti cuidarla- habían sido las palabras que el mayor de los hijos le dijo al buen Fermín la última vez que fue a visitarla. Y en efecto, Fermín se sentía como un hijo o al menos pretendía serlo. Todas las mañanas le preparaba el desayuno y la alimentaba, tal como ella había hecho con él desde el día que lo descubrió como una ratita asustada hurgando en el basural. A la tarde, le leía algún libro y le contaba historias que inventaba sobre los vecinos. Ella, con su rostro seco como hoja de otoño, creía cada invento que a Fermín se le ocurría - qué imaginación tan colorida la tuya equeco de mis entrañas - decía la anciana mientras sacaba cualquier pelusa inexistente de aquel poncho arco iris que él siempre llevaba puesto. Luego de bañarla y acostarla, él también se iba a descansar a aquella habitación que le habían asignado desde siempre. Algunas noches no dormía pensando en lo difícil que era cuidarla, pero todo disfraz repugna a quien lo lleva, pensaba. Y era mejor disfrazarse de hijo que de ladronzuelo, como lo hacía cuando ella lo rescató.

Luego de marcharse el último primo lejano del velatorio, la casa quedó vacía. Fermín terminó de limpiar todo excepto las migas de rosquillas. Esas las juntó en un pequeño plato de porcelana y se dirigió hacia el jardín. Su nueva amiga, quien asomó la cabeza apenas se abrió la caja, mordió los pedazos de inmediato. Con su cola alambrada produjo un ruido amenazante para muchos, pero para la imaginación tan colorida de Fermín era más bien el sonido del agradecimiento. De inmediato, agarró uno de los libros y empezó a leérselo a viva voz. 

jueves, 26 de marzo de 2015

Las sobrevivientes

Sospechaban que ella se acercaba. Era difícil no notarlo. Ese crujir de los tacos sobre la madera la delataba. Se asustaron y empezaron a temblar más de lo que normalmente lo hacían, sobre todo cuando a ella se le ocurría emplear el frio máximo para conservarlas perfectas, como si fuesen hechas de porcelana. Luego lo sintieron a él, a quien también era fácil notarlo. Tenía la costumbre de encenderles y apagarles la luz a cada rato. Le costaba decidir que le apetecía y su duda se debatía entre el vaivén de abrir y cerrar la puerta. Ellas ya estaban acostumbradas, excepto la sandía, quien era nueva en aquel sitio. Había llegado en la tarde del día anterior. Por lo que las demás pudieron escuchar había sido obsequiada. Luego se enteraron, por la sandía propiamente, que primero estuvo habitando en ese lugar inmenso donde hay muchos de su especie y al cual llamaban supermercado.  Y luego la agarraron, la cubrieron cuidadosamente y la llevaron a aquella pequeña especie de casa blanca y helada donde ahora esperaba - junto con las otras frutas- saber cuál sería su próximo destino. Por las voces en el exterior supieron que ya estaban ambos ahí. Ella comentaba sobre lo deliciosas que son las frutas. El agarraba aquel cuchillo color oxido, de quien se contaban historias horrorosas. De repente se abrió la puerta, la luz se hizo presente  y en cuestión de segundos, de un potente portazo la obscuridad había vuelto, pero la sandía ya no estaba más entre ellas. Frutillas, naranjas e incluso la amargada piña se miraron tristemente, pero con el alivio de saber que habían sobrevivido a un desayuno más. 

viernes, 26 de diciembre de 2014

Silencio de Atico

No sé por qué has decidido regalarle la casa de muñecas más grande de la tienda cuando bien te he dicho que ella ya tenía una, no tan presuntuosa como la que le diste claro, sin esos azulejos tan diminutos y perfectos en los baños, ni las escalerillas de madera relucientes que dan la impresión de estar recién pulidas; Pero nada de eso me ha impresionado, ni siquiera el mini juego de té de porcelana que combina con la alfombra diminuta del living, mientras más me fijo en cada uno de sus detalles, más la detesto. Cómo si cada descubrimiento decorativo fuese un piojo en la cabeza, mi asco aumenta mientras más numerosos son.
Ya le dije a Juan que la guarde en el ático, allá con las otras cosas que año tras año has intentado introducir en su vida, no sé por qué lo sigues tratando, ya sé con lo que vas a salir, me dirás lo que año tras año me has contestado cuando he intentado discretamente hacerte entrar en razón. La nena no te necesita, me tiene a mí y también a Juan, quién lo sabe todo, no pienses que es un idiota. Cuando la conoció con sus facciones tan finas y esos ojos de búho que lo miraban fijamente lo supo de inmediato sin embargo no me lo mencionó, tal vez por temor a incomodarme; Pero yo que estaba atenta a su primera reacción me di cuenta, pero tampoco le mencioné que era en vano que disimule, tal vez por temor a asustarlo. ¡Sabré yo cómo se asustan los hombres con las mujeres que hablan de lo que saben!
Los primeros dos años fueron los más difíciles, en las madrugadas la nena lloraba y chillaba pidiendo alimento. Cuando intentaba darle de mamar lloraba más y en lugar de pegarse a mi pezón se alejaba, como si supiese lo que estaba ocurriendo. Y durante el día, cuando lograba calmar su llanto con alguna muñeca improvisada que la esponja del baño y unas tijeras me permitían crear (ya sabes cómo es mi economía) era mi cabeza la que no me dejaba tranquila, surgían los cuestionamientos que creo que las mujeres en mi situación se habrían hecho, pero jamás confirmé eso, ya que nunca conocí a una mujer en mi situación y aún si la hubiese conocido no le hubiese confesado dicha similitud. Siempre me catalogaste de desconfiada y ahora me doy cuenta que tenías razón. Pero los cuestionamientos moralistas también tienen su otoño y al igual que los árboles, sus hojas culposas pierden peso y caen; Y continué esperando que la costumbre airosa de lo cotidiano ponga color a este árbol, que aunque algo torcido ya tenía su tan anhelado fruto.
No te contaré sobre los siguientes años, es en vano escribirte sobre lo que imagino ya has averiguado, pero con Juan en mi vida y en la de la nena todo mejoró notablemente. Fue en su noveno cumpleaños cuando Juan mientras limpiaba el ático descubrió todos aquellos preciosos juguetes, amontonados y disfrutados únicamente por las ratas que cada noche roían un centímetro más del conejito de madera, ese que al tirar de la cuerda se movía sonriente, o de la muñeca de trapo que dijiste traérsela de tu viaje a Italia, así como los pinceles con acuarelas , los vestiditos, los zapatos de charol, los cuentos de princesas rescatadas y quién sabe con exactitud cuántas cosas más Juan encontró aquella tarde en el ático. Afortunadamente la nena estaba conmigo en el jardín alistando todo para recibir a sus amigas y nunca sospechó nada. Claro que luego de la fiesta, entre Juan y yo era en vano seguir disimulando y aunque desde el inicio yo supe que él conocía mi secreto me aterraba que al confirmárselo nos abandone, hay una diferencia enorme entre pensar que un lugar está embrujado y ver al fantasma.
Al principio enmudeció pero dos vasos de agua después empezó a preguntarme muchas cosas, como un chiquilín a quien le hablan sobre dinosaurios; Me preguntó si alguien más sabía y le tuve que mencionar sobre mi error de confesárselo al cura; Yo era apenas una chiquilla aterrada, la gente aterrada hace estupideces y la religión sobrevive gracias a la gente aterrada, pero de eso no me percaté aquel día cuando salí del hospital con una sonrisa en los labios y una llaga que ardía en mi pecho. Por eso, apenas puse al bebé en la cuna y mientras mi familia y su padre, quien luego dejaría de ser mi marido, celebraban su llegada al mundo, agarré un taxi hasta la iglesia más cercana. Si te
contara la expresión que puso el cura cuando le conté lo sucedido; No necesité verle la cara, lo supe porque aunque hizo el esfuerzo de mantener un tono de voz calmado no logró disimular su asombro en el “Dios te perdone hija mía”, a veces no hay gesto más claro que la voz. En ese momento debí sospechar que él te lo contaría todo. Los humanos somos animales traicioneros, más aun los que no cogen.
Juan escuchaba todo con atención, desde cómo nos hicimos amigas en el Instituto hasta cómo siempre envidié tu forma tan natural de llevarte con los chicos, aquellos que para mí eran inalcanzables tú los transformabas en tus amantes; Y luego venían los detalles de cada perversidad que te hacían por las noches, esas mismas noches en que yo cuidaba a mi abuela, quien me hablaba de las virtudes de una dama, (las perversidades no estaban en esa lista).
También le detallé cómo por casualidad años después nos reencontramos, ambas con embarazos avanzados, pero tú te quejaste de cómo tu cuerpo había engordado ¿recuerdas?, ¡qué rabia me causó escucharte decir que no amamantarías a tu bebé para que tus senos no se deformen!, y te reíste de mí porque yo estaba ansiosa por hacerlo. Siempre fuiste una bestia más ruin que yo pero jamás me animé a decírtelo, ya sabes, por mi problema de confianza. Luego de nuestro encuentro los meses siguientes fueron aún más extraños, visitas juntas al médico (tu marido jamás te podía acompañar por sus viajes y el mío ni siquiera inventaba un viaje para justificar su ausencia). Cuando nos enteramos que ambas tendríamos dos nenas, tú empezaste a abrazarme de la emoción, yo en cambio no volví a descansar bien. Me era inevitable preguntarme qué nena sería la más linda, cómo trataría tu nena a la mía, ¿sería la mía la que no disfrute por las noches?, o en esta ocasión ¿sería la tuya la que escuche a la mía relatarle todas sus aventuras amorosas? ¡Cómo podía saberlo! Realmente no quería saberlo, prefería la intriga a la decepción.
No te mentiré, me costó mucho relatarle a Juan lo que pasó en el hospital, mucho más que cuando se lo dije al cura, creo que porque esta vez fui consciente del riesgo que era decírselo; Pero incluso le hablé de las rosas que recibiste el día que nacería tu nena, lo recuerdo claramente porque yo estaba en la cama de a lado, no te bastó con que nuestras hijas compartieran el mismo sexo, también insististe en fijar la misma fecha de parto y en habitación doble, a ti no te bastaba nada y yo me alimentaba de tu insatisfacción. Nunca lo sentí como dos futuras madres compartiendo experiencias, lo sentía como ser la elegida para acompañar a la chica más linda del Instituto, así sea anestesiadas, así sea pariendo. Le comenté que mientras paría a mi hija pensaba en que sin importar que tan linda me hubiesen dicho que era, de seguro mi nariz de gancho o la boca torcida del padre harían de su rostro un retrato imperfecto de una niña hermosa.
Tú quedaste tan débil después de parir que dormiste profundamente, ni siquiera pudiste conocer a tu pequeña; Recuerdo como roncabas esa madrugada, me parecía intolerable cómo podías descansar tan plácidamente sin antes haber visto a quien llevaste por meses adentro tuyo.
La noche avanzaba, tú dormías y los bebés en sus cuneros hacían de la habitación un lugar casi pacífico. Me levanté sigilosamente, las ganas de saber quién había parido a la bebé más linda me animó a acercarme al cunero junto a tu cama; La contemplé como se hace con la luna, maravillada y enamorada. Me enamoró tanto ver tu rostro en ella; Quizás fue por eso que cuando mi pequeña no se movió dentro de su cunero no dudé en poner al bebé muerto de tu lado y al vivo del mío. Tengo grabada tu cara de tristeza a la mañana siguiente, llorabas como río desbordado. Nunca te había visto así, anhelando sin saber lo que ahora era mío.
Juan no me juzgó, posiblemente por ser extremadamente bueno o despiadadamente malo. También supo que desde que te enteraste, año tras año has intentado recuperarla, que has mandado esos obsequios costosos a mi humilde morada y que incluso le pediste al cura que testifique a favor tuyo para poder actuar legalmente, pero por suerte las agallas de dicho sacerdote no son proporcionales con el tamaño de su lengua.
Desde tu aparición he pasado asustada pensando que en algún momento lograrías apartarla de mi lado. Juan que me quiere tanto pasaba preocupado pensando en que la angustia podía enfermarme.

En cambio ahora sonrío tranquilamente. Me causa gracia imaginarme tu cara de asombro al recibir por primera vez una carta mía. Tus ganas de usar este escrito en mi contra y tu frustración al ir a buscarme con la policía, y solamente encontrar una refinada casa de muñecas engullida por una humilde vivienda de humanos, situada en la ciudad gris de un país en el que ni Juan, ni la nena ni yo vivimos más.

* Cuento publicado en el libro "Antología 2014"- Purapalabra Ediciones

jueves, 25 de diciembre de 2014

Minuto



Mientras en el hospital local una vena brota de la garganta del recién nacido quién con un grito desesperado se inicia en la vida; A kilómetros de distancia, en el mismo pero distinto minuto, otra vena  -como lucecita rota- se apaga del cuerpo del soldado fusilado a manos del ejército enemigo. Lágrimas de algarabía invaden esos rostros familiares que al anuncio de ¨ ¡Es un varón! ¡Es un varón!¨ brillan de  contentamiento. Un padre orgulloso piensa en los pasos que al poco tiempo su hijo comenzara a dar, las sabrosas comidas que compartirán durante la cena y la cama tibia en la que se refugiara cada noche luego del beso con el que él y su mujer sellaran su frente. También son lágrimas pero con sabor a dolor las que resbalan por aquellas caras que han fijado su mirada en el noticiero de la tarde. Ese en el que acaban de informar el fallecimiento del soldado. Quien además era esposo, padre e hijo del anciano que desde la silla lo ha escuchado todo, y a quien la parálisis de sus piernas no le impide comprender que su hijo ya no tendrá más pasos por avanzar, ni otra comida que compartir y que ya no habrá cama que lo acobije a la noche después del beso con el que solía sellar la frente de sus pequeños. Ese par de críos que – mientras la familia llora su reciente orfandad –  juegan con el soldadito verde con negro que Papa Noel les trajo por Navidad.