martes, 11 de noviembre de 2014

Dolores de pubertad

La primera vez que lo noté me pareció la cosa más extraña del mundo, o mejor dicho de mi mundo. Fue a los quince años. En el incidente participaron mis amigos, la hermosa Dolores y la última película de James Bond que recién se había estrenado. Cómo ya se han de imaginar yo estaba perdidamente ilusionado con Dolores, y ella estaba maravillada de tan cómica situación. Digo cómica porque pretender que la hermana mayor de tu amigo se fije en ti a los quince años solo da para reírse. Aquella noche olvidé que su propósito era cuidarnos y quise creer que era una más de nosotros. Una como cualquiera de las chiquillas que si estaban a mi alcance. Solo que sin espinillas, frenillos ni labial con olor a fresa. Dolores era una mujer con una mirada similar al pinchazo de una aguja enhebrada que luego, muy lentamente, te empezaba a tejer todito por dentro. Yo era un chiquillo que aquella noche pretendía crecer en el transcurso de lo que dura un beso robado. Y no fue sino hasta que sentí el ardor de su mano bien abierta estrellándose contra mi mejilla que me percaté que él único galán de la noche había sido James Bond. Entre las carcajadas de mis amigos, (incluyéndolo a su hermano) y el enojo de ella me quedé petrificado como un dedo en el resorte listo para disparar. Fue por eso que no me extrañó ver lo que vi al llegar a casa. Frente al espejo había alguien que ya no era yo. Alguien que sí había crecido, pero no por el beso sino por el rechazo. Parado frente a mí -por primera vez-  se encontraba el reflejo de un hombre. 

viernes, 31 de octubre de 2014

La Intromisión



-Por un momento pensé que la rutina te había enfermado, tú sabes, de aburrimiento. -gritaba Manuel del lado externo de la puerta. Él, en silencio y desde adentro lo escuchaba. Para su infortunio el rechazo que sentía por Manuel no era correspondido y aquella mañana apenas éste último se enteró de su permiso médico fue a visitarlo. -Solo serán unos cuantos días Manuel, algo que comí no me sentó bien. Es todo- susurraba él por los escasos cinco centímetros de puerta abierta. - Si, te creo. A juzgar por el olor a huevos podridos que desde acá afuera percibo, me parece que necesitarías tomarte toda la semana. -respondió Manuel con aquella carcajada de hiena que lo caracterizaba. - Pero eso sí - continuó - te recomiendo que no te tomes más de eso, mira que el jefe ya anda furioso porque una de las camareras le ha fallado estos días, aparentemente estaba tan harta del trabajo que ni renunció. Y ahora contigo fuera del escenario el bar se pondrá patas arriba.- concluyó Manuel. – Yo no tengo la culpa de la inconformidad de los otros, menos de una camarera - comentó él a modo de cierre. – No te lo tomes personal. Seguramente la chica anda de joda o se consiguió un mejor trabajo, ya sabes cómo son de impredecible las mujeres. Recupérate pronto hombre, que talvez sea la falta de un buen romance lo que te tiene así de irritable- terminó de decir Manuel mientras cerraba la puerta del ascensor. Él, aliviado por la partida de su entrometido compañero, se alegró de nunca haberle presentado a su novia, sino quien sabe que disparates diría sobre su relación. Sin embargo, la novedad de la camarera le quedó resonando en la cabeza. De hecho, apenas logró deshacerse de Manuel lo comentó con su pareja. 


Al bar lo había encontrado mucho antes que a ella. Era una de esas mañanas veraniegas a las que el sol les besa la cara. Él, nuevo en la ciudad, caminaba sin rumbo. Sus ojos, curiosos, se trababan en cada detalle del paseo. Desde grafitis aislados en las esquinas hasta esos rascacielos que parecen pinchar las nubes. Mostraba una fascinación de crío recién parido. Lo primero que capturó su atención al entrar fueron aquellos largos tablones que revestían por completo el lugar. Le resultaba imposible diferenciar entre el final de una pared y el inicio de otra, o tener la seguridad que al asentar el pie lo estaba haciendo sobre el piso. Como si todos los elementos fuesen una sola pincelada de madera. Con una inesperada familiaridad acomodó su cuerpo en lo que creyó un banco y pensó que así debían sentirse las ardillas que hacían del interior de un tronco su refugio. Y fue en aquél mismo lugar que un año después la sorprendió a ella observándolo. Era la noche de su primera presentación. Él le respondió con una mirada cuidadosa, como si se tratase de un cristal al cual el más ligero parpadeo pudiese romper. Sus ojos comenzaron a escalarla por aquellos cordones que caían de sus botines obscuros, luego ascendieron hacia las eternas pantimedias que combinaban a la perfección con el vino tinto de su vestido. Cuando ante sus ojos llegaron al encuentro esos reconfortantes pechos de mujer, sorprendido, descubrió balanceándose de su cuello a un pequeño dije con una ¨L¨ en él. Supuso que era la inicial de su nombre y sonrió por la coincidencia. Luego de eso, a velocidad de rayo, una ráfaga de labios, dientes, nariz, ojos y pelo azotó su memoria, suspiró. Solo fueron necesarias unas cuantas semanas más para que él sintiera confianza suficiente en acompañarla al Instituto donde ella estudiaba. Las horas de clases que esperaba sabían mejor con un expreso doble que pedía en la cafetería mientras devoraba entero el periódico del día. Cuando las clases culminaban, con una sonrisa que desbordaba su rostro, él se dirigía al restaurante de la esquina donde ella amaba almorzar. No era sorpresa que ella ordenara la ensalada de palmitos que él tanto detestaba, pero a la hora del postre sus gustos se reencontraban en aquel flan de leche.


Lo cierto era que aunque Manuel creyó lo de su enfermedad, él enfermo no estaba. Pero desde el día anterior la llamada de su madre lo había inquietado más de lo que era capaz de aceptar y así no podía hacer reír a nadie. Sabía que de existir una persona a la que no podría mentirle sería a ella. Y no quería – a causa de su intromisión – poner en riesgo la felicidad que por primera vez en dos años volvía a sentir. Y es que su madre siempre fue así, de intuir cosas. A ella nunca se le escapó nada. Ni las notas escritas entre él y sus primeras noviecitas, ni una mala calificación escondida en el fondo de la mochila, ni los números telefónicos de los pocos amigos que logró hacer en la facultad. Incluso fue su madre la que averiguó – a manera de interrogatorio – los detalles sobre su primer encuentro sexual. Ya hacía mucho desde que él había tenido que desaparecer y ella, aunque apoyó su decisión, aún no lograba superarlo. Todavía lo llamaba a diario para verificar que se encontrara a salvo. Y cuando sospechaba que algo había ocurrido, mágicamente, aparecía en su casa a los pocos días. Recibir a su madre lo hacía sentirse un inútil y ya suficiente de esa sensación le causaba el pesado de Manuel, quien a pesar de haber arrancado en el bar hace tan poco siempre terminaba sus presentaciones cubierto por una lluvia de aplausos. No entendía. Siempre se había pensado como un hombre cómico pero al parecer los citadinos no simpatizaban con su humor. Por suerte, ahora estaba con su novia. Eso indudablemente lo animaba. La relación estaba en su mejor momento. Tener la seguridad de que ella estaba ahí para él le resultaba reconfortante. 


Aquella misma tarde él se recostó en su sillón favorito a leer el periódico. Pero no fue en el periódico sino en la televisión donde la noticia fue transmitida. La chica que había mencionado Manuel, de apenas diecinueve años, estudiante de artes escénicas. Luego de dos días sin volver a su casa había sido reportada, por las autoridades, como desaparecida. La investigación se centraba en el novio, un joven que trabajaba como cajero de supermercado. También - según anunciaba la periodista- las amistades de la joven serían interrogadas al igual que sus compañeros de trabajo. El escuchaba y cebaba el mate. La madre de la chica aparecía en la pantalla. Poco a poco el líquido subía por la bombilla hacía su garganta mientras las lágrimas descendían, también poco a poco, por las mejillas de la señora. – Este tipo de noticias me afectan mucho – comentó él mientras giraba la cabeza como buscando la opinión de su novia, quien estaba sentada a su lado perpleja por lo que veía. – Mejor cocino algo rico de comer para animarnos un poco – sugirió él mientras apagaba el televisor.


Luego de la cena, el estruendo de platos que había invadido por varios minutos la cocina ya no se escuchaba más. Ahora él con besos limpiaba cualquier resto de alimento que hubiera quedado sobre sus labios. De un armario que combinaba con la pulcritud del lugar, agarró una cobija, le preguntó si tenía frío y acto seguido comenzó a arroparla como se cubre a una diosa. Cuando le comentó sobre la llamada de su madre, esa que – a juzgar por el tono preocupado de la señora– implicaría una visita futura, ella lo escuchó con los ojos bien abiertos pero sin decir palabra alguna. El, como interpretando su mirada, le dijo que no se preocupe, que en esta ocasión no sería como con Laura, que ahora él era un hombre independiente. Con un abrazo la apegó a él y se durmió. Un silbido de viento proveniente de la única ventana acariciaba la mejilla de ella, pero ni siquiera eso pudo hacer que lograra cerrar sus ojos. La muchacha pensaba en la voz de Manuel hoy, esa voz que hablaba de aquella camarera e inmediatamente recordó el rostro de aquella madre por televisión, y las voces de sus amigas comentándole que alguien en el restaurante la observaba, y luego su propia voz advirtiéndole que alguien la seguía cuando iba al Instituto. Y entonces lloró por tener que aguantar a ese desconocido tratarla como su amante. Sus labios, amordazados, gritaron tanto que casi no escucho cuando aquella madrugada él, temerosamente, metió en el picaporte más alto de la puerta la llave dorada que prendía de su llavero. Luego, del bolsillo más pequeño de su campera sacó una segunda llave tan fina y plateada como una cana. Con la cautela de quien no quiere ser sorprendido por ningún vecino miró a su alrededor e introdujo aquella llavecita en el picaporte inferior. Dos giros a la izquierda después, entró una señora corpulenta quien lo abrazó y le dijo que se fuera tranquilo, que mamá una vez más lo iba a ayudar.

Pequeño verdor




Esos prejuicios de pensarte áspero, de creerte amenazante. La gente no entiende. ¡Qué va a entender!. Ni los pájaros que tanto te buscan comprenden porque acercarse a ti para ellos equivale sufrir. La indiferencia tiene forma de espinas, pensé el día que te vi. Eras un pequeño verdor que asomaba tímidamente por las piedrecillas.
¡No vas a llevar eso! – recuerdo me dijeron. Si quiere hermosear su casa señorita, elija rosales o estos maravillosos tulipanes que tanto encantan a las damas- insistía el vendedor. Pero, ¡Qué van a entender ellos! Cómo podrían comprender que de un árido cactus puede brotar tanta ternura como de cualquier flor.     

La novena rebanada


A veces las historias llegan a nosotros de la misma forma que los trozos de un pastel llegan a los comensales. Cada tajada de versión va en busca de bocas desconocidas que, pese a la inexistente familiaridad que hay entre ellas, disfrutan hasta el final aquellas porciones de relatos provenientes del mismo anecdótico pastel. 


La primera historia es corta y simple, trata de un helado. La cumpleañera ve cómo gota a gota el querido cono, acribillado por el calor, se desvanece sobre su mano; Y es así que, a tan temprana edad, descubre lo que se siente perder a un amigo. 

En la segunda historia hay a un hombre acalorado dentro de un taxi. Mientras con una mano indica hacia donde se dirige, con la otra agarra un pañuelo e intenta detener al sudor, pero éste es más rápido y en pocos minutos aquel líquido náufrago no solamente ha recorrido sus pómulos sino también el cuello y las axilas hasta orillarse en su camisa. El hombre recibe una llamada, es el dueño de un local, quien le advierte que de no llegar a tiempo la paga no sería la acordada. Al saber eso, empieza a sentir como de su rostro se escurre aquella gran sonrisa que tanto trabajo le ha costado elaborar.


La tercera historia trata de un tal Don Julio, quien es viudo. Su mujer ha fallecido al momento que Amanda nace y aunque no lo admite, una parte muy dentro de él le adjudica cierta responsabilidad al respecto. Cada vez que esa idea aparece en su cabeza él, atormentado por la culpa, hace de todo para alejarla. Aunque eso signifique condescender a una serie de absurdos caprichos pedidos por la pequeña.

Para la cuarta historia retomamos a la nena del cumpleaños, que a su vez es la hija del tal Don Julio, y quien ahora llora por aquel helado derretido de la primera, corta y simple historia. Don Julio inquieto y temeroso ve al berrinche propagarse como virus de sarampión entre los demás niños. No tengo la culpa, piensa Don Julio mientras trona sus dedos repetidamente. ¡Cómo iba a saber él que aquél hombre que le prometió domar a esa jauría de infantes le fallaría! En vista de la situació intenta pedir un consejo a las madres que han asistido al evento, pero ellas ahora están resolviendo a los gritos otro inconveniente relacionado con chocolate. 

Ahora, en la quinta historia, hay un taxi frenando repentinamente. Dentro del auto, el hombre acalorado del segundo relato saca su cabeza por la ventanilla para ver por dónde está. La calle que en días laborales es pasarela de comerciantes y oficinistas, hoy luce como un garabato de estadio. Un grupo de muchachos ha transformado una botella vacía en pelota de futbol y hacen aquello que mejor saben hacer, jugar. Los gritos de los conductores por tener que detenerse parecen incentivarlos aún más a continuar con el partido. Las amenazas y el escándalo de las bocinas, que feroces rugen como leones listos para atacar, son un remedo de hinchada enloquecida esperando un gol o reclamando una falta. El pasajero al percatarse de lo que acontece, lanza un billete de cincuenta pesos al conductor y se desembarca. Piensa en correr, lo cual parece sencillo pero con aquel sol veraniego besando a la ciudad y aquellos inusuales zapatos, correr más que una solución sería un problema.

Mientras tanto en el local, Don Julio se arma de valor para interrumpir a las señoras pero ya en aquel momento todas se han enterado de la mancha de chocolate en uno de los vestidos, y en una guerra de índices se atacan mutuamente. Apabullado entre los gritos de los chicos, el escándalo de sus madres e incapaz de enfrentar a Amanda, Don Julio vislumbra una puerta trasera y como cucaracha a punto de ser pisada sale corriendo. Lo que da pie a la sexta parte.

El ahora ex pasajero intenta atravesar la Plaza Central para llegar al local. A medida que se sumerge en ese coctel de niños, árboles y mascotas pasar desapercibido más que una hazaña comienza a parecer un verdadero milagro. Con el reflejo del sol su ropa luce aún más colorida, talvez por eso una bola de pelos marrón comienza a seguirlo. Es un perro mediano que por ojos tiene dos canicas blancas que saltan parpadeantes. El animal, apenas tiene oportunidad, con sus dos patas delanteras se aferra a aquel llamativo pantalón, mientras que con la trasera tambaleante se apoya contra el césped. En sus ojos se puede notar cómo extraña la estabilidad que le brindaba la cuarta pata, ahora ausente. Ernesto lo ve asqueado. Aquél perro muestra esa simpatía que él jamás ha sido capaz de sentir por su propia especie. Recuerda que inútilmente intentó sentirla cuando nació su hijo o cuando falleció su hermana. Es esa simpatía ajena, ahora con forma de perro, la que le revela su propia incapacidad. Ernesto vuelve a sacar el pañuelo, pero esta vez ya no es sudor lo que rueda por su mejilla. Ahora ve su reloj, la una menos diez, alarmado no puede creer que realmente llegará tarde al evento. Mientras camina, sin entender por qué, piensa en Catalina y en la mitad del pan, ese algo de queso y el poco de café que le había dejado aquella mañana sobre la mesada. Recuerda como con la boca escarchada de migas sonrió en agradecimiento como si ella hubiese estado observándolo. También recuerda aquella sensación de resignación que lo invadió al colocarse la misma camisa de la cual se había liberado la noche anterior y luego aquellos pantalones que lo hacían lucir diminuto y que permanecían de pie únicamente gracias al par de tirantes que el tiempo se había encargado de envejecer. Camina y recuerda, hasta que recuerda tanto que por poco olvida caminar. 


Con un pitazo el Campeonato barrial finaliza, la Plaza Central poco a poco vuelve a quedar desolada, ahora son los amantes los que llegan entusiasmados a recorrerla. En este séptimo relato el perro cojo ahora lame una mano temblorosa, Don Julio baja la mirada y de repente le parece encontrarse con un ser aún más asustado y confundido que él, sonríe. Por otro lado, las alargadas zapatillas de Ernesto finalmente pisan el local, los presentes enmudecen. Incluso Amanda, quien está amenazando a los otros niños con penitencias ha quedado inmóvil y lleva al tan esperado invitado a la tarima, donde un micrófono y muchos globos aguardan por él. Apenas los chicos lo ven subir al tablón se alegran y corren en busca de un buen lugar donde mirar el espectáculo. Las madres, aunque ya no discuten, aún lucen molestas y algunas manifiestan querer irse al mismo tiempo que se acomodan nuevamente en sus asientos. Un niño osado pregunta por qué peleaban pero todas al unísono lo enmudecen con un fuerte y claro ¨ ¡cosas de adultos!¨.

La octava historia es sobre un perro que aún no se acostumbra a despertarse cojo. Hambriento va a buscar algo de comida a la Plaza Central e hipnotizado por los colores brillantes de un pantalón comienza a jugar un rato. Después recorre más y siente una caricia humana, algo temblorosa e insegura, pero que a los pocos minutos se convierte en un gesto hospitalario. Entusiasmado, entra al lugar desconocido donde lo han llevado, en él hay muchos niños que lo miman, un payaso de sonrisa escurrida que desde una tarima infla globos y un helado que hace pocas horas era el favorito de la cumpleañera y ahora yace derretido sobre el piso. Jadeante de felicidad lo lame todo. Con una expresión de satisfacción busca entre el público a su Don Julio. Entonces es así que, en su universo de tres patas, descubre lo que es sentir amor incondicional. 

Ahora, estimado lector, de existir una novena historia podría comenzar así ¨La tarde cuando usted leyó acerca de un helado derretido… 


El telón

Cierro los ojos y veo como poco a poco comienza a acercarse, o mejor dicho a invadirme como siempre acostumbra a hacerlo. Siento como susurra muchas cosas, secretos que no se los he contado a nadie. Porque lo que ella me confiesa es lo que yo le confieso a ella, solo que con un tono de voz distinto. Su voz es un trueno mientras que la mía es la más esponjosa de las nubes. Pero ambas prisioneras de este cuerpo que atormenta. A veces pienso que nadie sabe de su existencia y otras, cuando es ella la que se luce, con temor sospecho que soy yo su pasajera. Ella apareció primero o al menos eso fue lo que me dijo desde que eramos nenas. También me dijo que no tenga temor, que no habría pastilla o terapia alguna que nos logre separar. Yo no lo creía pero lo cierto era que muchos se fueron alejando excepto ella. Incluso mamá me miraba como bicho raro cuando yo la mencionaba, papá solo reía, no sé si por temor o por estupidez. Ella en cambio siempre me acompañó y de cierta forma mi vida ha sido su escenario, incluso cuando creo que se aleja sé que en el espejo la encontraré o posiblemente es ella la que me encontrará. Ahora con el puñal entre mis manos cierro mis ojos y la veo a ella acercándose risueña, la función está a punto de terminar.