sábado, 26 de septiembre de 2015
Caridad intergaláctica
El día que los extraterrestres supieron que en la tierra muchos desamparados pedían limosna, aterrizaron su nave y los pulverizaron. No pensaron en ninguna obra más caritativa que librarlos de ser humanos.
La Guerra
Cuando los adultos se cansaron de matarse entre ellos, decidieron declararle la guerra a los niños. Los obligaron a usar corbatas, zapatos de tacones, atuendos seductores, a maquillarse y a estudiar todo el tiempo hasta hacerlos olvidar de cómo jugar. Al poco tiempo habían ganado, habían asesinado a millones de niños ahogándolos en el tormentoso mar de la adultez.
lunes, 27 de julio de 2015
Zambullido
El libro se
había convertido en una extensión de su mano. Sobre todo ahora que su
circunstancia coincidía con la de Fernando, el personaje principal. Ella sentía
que aquella arena sobre la que estaba echada era la misma que, en la novela,
corría por los dedos del protagonista cuando éste aventaba un poco al pelo de
su querida Lucy, una chica excesivamente encantadora que en ocasiones
despertaba en el lector el más cruel de los cariños, y otras veces el más
benévolo de los odios.
- ¿Realmente te quedarás acá con tu ficción? Mira qué rica se ve el agua - interrumpió su compañero de viaje - Lo sé, pero ya estoy tan cerca de terminar el capítulo final y si lo cierro justo en este momento aunque vaya a divertirme contigo, mi pensamiento quedaría atrapado entre sus páginas. Adelántate que ya mismo estaré ahí – A medida que las pisadas de él se alejaban, los ojos de ella -como dos adictos- volvían a consumir la lectura
- ¿Realmente te quedarás acá con tu ficción? Mira qué rica se ve el agua - interrumpió su compañero de viaje - Lo sé, pero ya estoy tan cerca de terminar el capítulo final y si lo cierro justo en este momento aunque vaya a divertirme contigo, mi pensamiento quedaría atrapado entre sus páginas. Adelántate que ya mismo estaré ahí – A medida que las pisadas de él se alejaban, los ojos de ella -como dos adictos- volvían a consumir la lectura
…El pobre hombre entra a aquella bañera de
champagne salado. Al igual que un crío inseguro, él también retuerce sus
dientes al sentir como el frío agarra sus pies. Desde la orilla su amiga
escondida detrás de un libro, lo observa con la meticulosidad de quien
estudia a un insecto.
Ella, quien se
sentía cada vez más inmersa en el escrito, continua leyendo
…Una y otra vez él busca zambullirse hasta
el fondo de la espuma marina y recuperar aquella sonrisa de niño que un día tuvo. Sonrisa que le truequeó a la vida por huesos más largos, preocupaciones
complejas y un empleo para comprar muchas cosas, excepto
tiempo.
Las ganas que
sentía por terminar la última página eran igual de fuertes que las que sentía
por no terminarla, sabía sin duda alguna, que aquella novela marcaría un antes
y un después en su vida, sin esperar más prosiguió
… Entonces la ola, como una gran
mano blanquecina, se eleva para luego en picada descender hasta él. Primero le
acaricia el pelo, luego con mayor intensidad abofetea su rostro repetidamente
para borrar cualquier rastro de autocontrol, común en los adultos. Como una
madre primeriza lo envuelve por completo hasta desaparecerlo de las pupilas
angustiadas de su amiga, quien ahora ha dejado caer el libro y salta y
grita como un chimpancé, a la vez que intenta retenerlo en sus ojos de amor no
manifiesto. El sol besa la arena y ésta arde de pasión bajo los pies de las
personas que se han amontonado para poder observar a dos pescadores que por su
magistral nado se confunden con los peces; y cada tanto un ¨ ¿Lo encontraron?¨
emerge de alguna garganta y flota en el aire junto a las aves que aletean como
intentando huir de ellas mismas. Sin duda alguna, la verdadera jaula no está
hecha de barrotes, sino de huesos y cartílagos, piensa un extranjero de la
multitud mientras las observa. La amiga es la primera en notar cómo, luego de
un buen rato, un par de sombras comienzan a convertirse en figuras humanas a
medida que de las profundidades retornan a la orilla. Una de ellas lleva
adherida a su espalda una gran joroba que poco a poco al acercarse va tomando
la forma de un tercer hombre. Segundos después los pescadores colocan
ese cuerpo sobre la arena infestada por la multitud.
sábado, 11 de julio de 2015
Casi dulce
Su cara de durazno magullado me daba lástima, pobre. Incluso
después del segundo calmante que navegó rápidamente por ese mar de sangre ella
no cesaba de moverse. Era un revoltijo de músculos luchando contra aquella
camisa, o mejor dicho, contra aquella cárcel de tela, porque eso es lo que
parecía ser. Entonces, cuando movía el hombro derecho lograba desajustar un
poco la correa de su pecho, y tan grande era su hambre de libertad que con
aquellos míseros dos centímetros sueltos alimentaba su esperanza. Pero luego,
al mover el hombro izquierdo la pretina de la correa de manera caprichosa
volvía al lugar inicial y entonces la pobre se frustraba y de forma aún más
berrinchuda movía sus piernas, que no hacían más que cambiar el dibujo de las
sábanas.
Los otros pasantes se reían, yo no. El médico, por su parte, con
la misma empatía de un aparato electronico describía cada reacción. -¨Podemos
observar un estado catatónico en las extremidades inferiores¨ - argumentaba
cuando sus piernas, como dos palillos usados, caían rendidas ante la mirada del
público de mándil. Los pasantes, como gallos de pelea, abominablemente
desnudaban su horrendo pelaje servil hacia el profesor.
Uno de ellos, luego de poner un pañuelo dentro de aquella boca
gritona, agarró unas tenazas similares a las de una langosta y atrapó su
cabeza. Segundos más tarde, ésta saltó como lo hace el maíz cuando se convierte
en canguil. Otros dos sostenían el resto de su cuerpo y una de mis compañeras,
a modo de destacarse apuntaba todo lo que escuchaba en una libretita tan grande
como ella. A mi me asignaron la tarea más dificil, vigilar cómo se recuperaba
en su habitación. Ya con todos sus sentidos dormidos la he acomodado
cuidadosamente como a servilleta sobre el mantel. Ella me mira como buscando al
humano detrás del mandil y entonces yo, en la penumbra verde del amanecer
siento casi dulce pasar mi mano por aquel hombro, que aún medicado, se
estremece y me rechaza.
viernes, 3 de julio de 2015
Fermín
Los gritos de
los vecinos interrumpieron la curiosidad de los demás. Incluso la hija menor,
quien había estado arrodillada por horas cómo pidiéndole perdón a la difunta,
se levantó de inmediato. Todos salieron de la casona y Fermín fue el único que
se dispuso a atraparla. Era larga y ruidosa, algunos decían que también era
venenosa. Lo cierto es que se había acomodado plenamente sobre el mesón
mientras comía trozos de los libros de cocina que la anciana solía, años atrás,
leer. Fermín la agarró con tal facilidad como si aquel reptil confiara
plenamente en él. Ante las miradas de los invitados que gritaban que la
desaparezca, él caminó nada más que hasta el fondo del jardín, donde la guardó en una caja y volvió al velatorio.
La muerte de la
señora Rosa la supo de inmediato todo el barrio. –Para ser popular solo hay que
morirse – murmuraba Fermín mientras servía el café con roscas a decenas de
vecinos que se amontonaban como polvo para ver el féretro. Fermín, quien había
trabajado para la Doña durante los últimos veinte años no sabía si la gente se acercaba
por fraternizar con la familia o por comprobar el tamaño de las roscas que la
anciana merendaba todas las tardes en el balcón. La mencionada merienda había
llamado la atención de todos, especialmente de los niños – Mira mamá, el dedo
de la vieja parece un grano de chocolate – solían comentar al ver cómo Doña
Rosa asentaba su pulgar sobre la rosquilla. Fermín recordaba estos episodios
con claridad, porque era él quien tenía que apaciguar a la anciana al escuchar
a aquellos ¨mocosos¨ -como ella les decía- burlarse a metros de su balcón. Lo
cierto era que la difunta tenía un carácter inaguantable, ni siquiera sus
propios hijos solían visitarla. – Tu eres como un hijo para ella Fermín, te
quiso desde que eras un chiquillo, ahora te toca a ti cuidarla- habían sido las
palabras que el mayor de los hijos le dijo al buen Fermín la última vez que fue
a visitarla. Y en efecto, Fermín se sentía como un hijo o al menos pretendía
serlo. Todas las mañanas le preparaba el desayuno y la alimentaba, tal como
ella había hecho con él desde el día que lo descubrió como una ratita asustada
hurgando en el basural. A la tarde, le leía algún libro y le contaba historias
que inventaba sobre los vecinos. Ella, con su rostro seco como hoja de otoño,
creía cada invento que a Fermín se le ocurría - qué imaginación tan colorida la
tuya equeco de mis entrañas - decía la anciana mientras sacaba cualquier pelusa
inexistente de aquel poncho arco iris que él siempre llevaba puesto. Luego de bañarla
y acostarla, él también se iba a descansar a aquella habitación que le habían
asignado desde siempre. Algunas noches no dormía pensando en lo difícil que era
cuidarla, pero todo disfraz repugna a quien lo lleva, pensaba. Y era mejor
disfrazarse de hijo que de ladronzuelo, como lo hacía cuando ella lo rescató.
Luego de
marcharse el último primo lejano del velatorio, la casa quedó vacía. Fermín
terminó de limpiar todo excepto las migas de rosquillas. Esas las juntó en un
pequeño plato de porcelana y se dirigió hacia el jardín. Su nueva amiga, quien
asomó la cabeza apenas se abrió la caja, mordió los pedazos de inmediato. Con
su cola alambrada produjo un ruido amenazante para muchos, pero para la
imaginación tan colorida de Fermín era más bien el sonido del agradecimiento.
De inmediato, agarró uno de los libros y empezó a leérselo a viva voz.
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