miércoles, 27 de abril de 2016

Reencuentro

¡Qué bueno que viniste! Siéntate donde desees. Yo me quedaré acá, en el borde de la cama. Sí, ahí en el banco está bien.  ¿Puedes creerlo, padre? Una hora más y finalmente podré irme contigo de acá. A las catorce horas, así decía el comunicado. Irónico, ¿cierto? Aún recuerdo a mi vieja decirme de niño « ¡Carlitos, Carlitos, Carlitos! Cuánta decisión la tuya al entrar en este mundo. Pese a enredarte con el cordón, luchaste por vivir y a las dos de la tarde en punto chillaste a todo pulmón » Ella no vendrá hoy, por cierto. Me han permitido llamarla más temprano pero me ha dicho que lo prefiere así. Que se quedará en casa y que me quiere, dijo. No frunzas el ceño. Tú la conoces mejor que yo. Seguramente irá a la cocina. Encenderá con esas manos agrietadas la hornilla. Pondrá la pava a calentar, y luego cuidadosamente, colocará un puñado de hojas de tilo en aquella taza de flores que le regalé en su cumpleaños. Exprimirá media tajada de limón en ella y cuando el agua esté hirviendo la verterá casi hasta el borde. Eso la calmará en seguida, así podrá recostarse un poco y cerrar sus ojos sin llorar tanto por mí. Además, esto es algo entre tú y yo.

Hoy la comida ha sido un lujo. Un puré de papas sin grumos, tal como me gusta. El guiso de res lo han preparado con vino tinto y champiñones, así se los indiqué. Pero lo mejor lo tengo acá, intacto aún. Un trozo de pastel de chocolate, como el que solíamos comer los domingos en la merienda. Este lo he guardado para ti. Sí, sí, lo podremos disfrutar después.  ¿Qué si tengo temor? Ya no. No creo que exista nada más aterrador que todo lo que he vivido acá. Pero hoy es un día distinto, revelador, tanto o más que aquella tarde cuando nos volvimos a ver. ¿Recuerdas que llevabas puesta esta misma camisa de lino azul que usas ahora? Yo apenas tenía quince años. Aquél mes había sido un constante ir al colegio y recibir pura crueldad de mis compañeros. Seguro fue como una peli de acción, me decían. Que cómo lucías cuando te encontraron, preguntaban. Que sí se siente bien ser hijo de un cobarde y demás comentarios que incluso los profesores parecían no querer silenciar. Como si cada detalle de la tragedia les produjera una mueca extraña. Mezcla de un genuino entretenimiento y una mal fingida preocupación. Sí, ya sé que en esa época ni sospechaba que seguías conmigo.  ¿Cuándo lo noté? Pero si ya te lo he contado muchas veces. Ocurrió después de clases. Al volver a casa me saqué los zapatos y caminé en puntas de pie para no despertar a mamá, quien desde el incidente no había vuelto a trabajar. Solía pasar en pijamas y dormir todo el día, rodeada de frascos. Con cautela recorrí todo el pasillo de la sala en dirección a mi dormitorio, pero antes de llegar sentí un viento suave sobar mi cabeza. Luego fue aquella sombra fugaz que la punta de mi ojo derecho alcanzó a ver lo que me inquietó. Cuando avancé hacia donde se había ido, ahí parado en medio del jardín estabas tú. Habías vuelto y lucías como si nada hubiera ocurrido. Tenías la misma sonrisa con la que solíamos jugar a la pelota cuando yo era un niño.  ¡Sí, exacto! Lucías libre.

¿Ya, tan pronto? ¿Solo media hora más es lo que han dicho, papá? ¿Si me arrepiento? Pues no. Siempre confié en ti. Aún recuerdo la cara de mi madre cuando le comenté de nuestros encuentros. ¡Basta con eso! El ya no volverá, me decía. Solo cuando la increpé con lo que tú me habías contado se quedó con la boca trabada y sus ojos se aguaron. ¿Cómo te enteraste?, me preguntó. Mi padre me lo ha dicho, le dije. Sobre tus llamadas ocultas con mi tío, sus escapadas a la playa, me ha dicho todo lo que le escondieron durante años y cómo aquél día, cuando él los descubrió, fue su propio hermano quien le dio la soga. La cara de mi madre lucía como estatua de cera. No sabía si era a causa de lo que había escuchado o de la cantidad de medicamentos que tomaba. Clavó una mirada tan fuerte en mí que sentí que algo logró romper, se levantó del sofá y sin cambiarse de ropa, agarró su bolso del mesón, luego avanzó hasta la puerta principal, sin cerrarla continuó caminando hasta llegar al auto, lo abrió torpemente para luego encenderlo y acelerar hasta perderse de mi vista. De ella no supe más en años. Yo ya estaba acá cuando vino a visitarme. ¿Te acuerdas? Sobabas mi cabeza mientras ella me reprochaba lo que había hecho. Sé que ella por un momento colocó su mirada sobre ti aunque se empeñaba en negarlo. No seas tonto. Es  la sombra de la mesa, me dijo. Es deber de un hijo vengar a su padre, contestaba yo a sus reclamos. Además, yo no sabía que mis primos iban a estar ahí también, intentaba explicarle. Pero fue en vano. Solo se tapaba la cara con ambas manos para que no la vean llorar, pero sus quejidos se escuchaban en todo la sala de visitas.

¡Pobre la vieja!, padre. Seguramente ya se habrá tomado a esta hora su té. Seguramente estará durmiendo como un ángel cuando el guardia que abra la celda, me tome del brazo y me lleve a aquel cuarto. Sí, seguramente ya estará dormida cuando tú y yo volvamos a estar juntos. Esta vez, por la eternidad.

domingo, 20 de marzo de 2016

Querida Mía


 Aquella madrugada había sido Renato quien se había despertado por causa de los murmullos de Mía. Ella, acostada a su lado y con los ojos aún cerrados, temblaba como hoja de papel al viento. Su cabellera negra la tenía empapada de sudor, y sus labios, algo resecos, balbuceaban dos o tres palabras que resultaban imposibles de entender.
¡Amor! ¡Despierta! — le dijo él mientras con una fuerte sutileza sacudía el brazo izquierdo de la joven.
¡Ayuda! — gritó cuando impulsada como resorte se levantó con los ojos bien abiertos, emitiendo un sonido de garganta asfixiada.
Tranquila — le dijo — ha sido solo una pesadilla. En un abrazo la cubrió por completo y sintió a su corazón latir como un polluelo recién salido del cascarón.
Ha sido la misma pesadilla de toda la semana, Renato — la voz de ella se empezaba a quebrar de a poco — otra vez la misma estúpida pesadilla. La misma mujer mirándome fijamente, el mismo tren — las lágrimas brotaban de sus ojos y caían por ese par de labios temblorosos — y el mismo final para mí, sabes. Otra vez me despierto antes de, ya sabes, antes de que el tren …
Ya pasó— la interrumpió él— Ahora estás a salvo — le dijo con tono tranquilo, casi a modo de susurro— Tu quédate acá recostada, iré a prepararte un té — se calzó los pies, abandonó la cama y salió del cuarto en dirección hacia la cocina.
Luego de beber el té, la respiración de Mía ya no sonaba agitada, su rostro había recobrado la tonalidad rosada y su mirada yacía sobre los ojos de su novio.
¿Te sientes mejor? — le preguntó—Talvez mañana podrías pedir permiso en la oficina y descansar — dijo él mientras retiraba la taza vacía de las manos de ella y la colocaba sobre el velador.
Talvez debería llamar a mamá. — contestó ella como si no hubiese escuchado su sugerencia
¿Otra vez con eso Mía? Con lo supersticiosa que es tu madre, seguro tus nervios empeoran. — protestó con tono firme.
No me mires así. Ella es la única que ha pasado por esto. Y alguna manera habrá encontrado para resolverlo.
¿Quieres resolverlo? — continuó él— entonces podrías llamar a tu terapeuta. Eso sí sería conveniente. — concluyó.
No, gracias. Prefiero el parloteo de mi madre antes que volver a terapia. Los psicoanalistas son unos insoportables— al segundo de haber dicho eso, fue ella quien inmediatamente agarró el brazo de él — incluyéndote — le dijo con una leve sonrisa en el rostro. Luego lo besó.

Tan pronto escuchó el auto de Renato arrancar por la mañana, Mía se levantó de su cama y corrió hacia el teléfono. Una vez que lo tuvo entre sus manos, empezó a marcar.
Mamá, me ha vuelto a pasar— le dijo Mía a su madre.
¿Qué cosa mi vida? Dime que tú estás bien— la voz de la señora sonaba aún más nerviosa que la de la joven.
El sueño, madre. Aquél sueño del tren avanzando, aquel que te conté el otro día — prosiguió sin detenerse— Quiero saber qué significa. Dime por favor cómo lo solucionaste tu — exhaló.
Pero si yo no hice nada, hija. Ya te he dicho que era mi amiga Ramona la que en esa época solía descifrarme los sueños que tenía. — contestó la madre— Luego de clases nos juntábamos todas en la sala de su casa. Ella se acercaba una a una, escuchaba los sueños y decía cosas concretas sobre nuestro futuro y listo. No volvía a repetirse el sueño— luego de un largo suspiro continuó— ¡Sí que era buena Ramona! Ella sabía cuánto yo deseaba tener una hija y cuando estaba embarazada de ti gracias a ella supe que serías una nena. Pese a que los médicos decían que serías un ...
Esa historia ya me la has contado mamá — interrumpió Mía— pero nunca me habías dicho que luego de escuchar su predicción el sueño no volvía a repetirse— con la mano derecha Mía sostenía el teléfono contra su oreja, mientras que con la izquierda sacaba del velador su pequeña libreta y un lapicero— dime dónde vive esa tal Ramona, madre— preguntó.
No tengo su dirección actual, te daré la de aquella época. — titubeó la madre— luego de tu nacimiento no tuve más de esos sueños y dejé de frecuentarla.
Pensé que eran amigas
Lo éramos pero — continuó evasivamente— mira, si estas tan decidida a averiguar lo que sueñas, anda y si aún vive ahí de paso le preguntas si ya no anda de resentida — lo dijo con tono burlón.
Yo le pregunto mamá. Lo que sea con tal de ponerle fin a todo esto.

Eran las ocho de la noche cuando Mía descendió del metrobús en busca de Ramona. Abrió con sus manos temblorosas el bolsillo más pequeño de su cartera y sacó el papelillo. Lo miró y luego observó el rótulo pegado en la pared de la esquina. En efecto, se encontraba en la Calle Ayacucho. La misma que su madre le había dictado horas atrás por teléfono. Mía llevaba puesto un vestido recto color gris que contrastaba con el tono de su piel, y zapatos de tacones azules. Los cuales hacían a sus pies enredarse constantemente en aquél camino empedrado. Los faroles de aquella calle lucían tan deteriorados como las casas, y con la luz del día marchitándose casi por completo la tarea de leer los números colocados en cada portón de madera le resultaba a Mía casi un imposible. «Esto me pasa por venir después del trabajo» pensaba mientras intentaba, a paso inestable, acelerar la búsqueda de Ayacucho 512. Fueron tres cuadras las que tuvo que avanzar hasta dar con la casa. El lugar parecía no haber sido pintado en años. Había solamente una pequeña ventana de la que colgaba una cortina con encajes que alguna vez habían sido blancos. La puerta, color sarro, aparentaba poder ser abierta de una sola patada. Primero tocó despacio a la puerta, luego un poco más duro y luego de un rato, tocó con su puño tan fuertemente que un lado de la cortina colgada en la ventana se cayó. «Ya ni modo» pensó Mía mientras se alejaba. Las mismas cuadras que había recorrido minutos atrás con paso de esperanza, ahora eran caminadas con tanto desinterés que ya ni a sus pies les importaba tropezar.

Parada sobre la línea del metro sintió una mano tocar levemente su hombro. Al girarse ahí estaba, con una sonrisa de par en par, la mujer que había aparecido en su sueño la miraba con unos penetrantes ojos negros. Tenía el pelo rojizo, los dientes partidos y un velo de encajes caía sobre sus hombros hasta sus pies. La anciana, lentamente, acercó su rostro al oído de la joven, quien petrificada no lograba emitir más que un chillido casi inaudible, «Cuéntame tu sueño, Querida Mía» le susurró lentamente. Mía se desvaneció al instante. Caída, entre pestañeos intempestivos logró ver hacia arriba. En medio de una multitud que se cubría los ojos o lanzaba gritos de horror, se encontraba la anciana sonriendo fijamente. Como si estuviera disfrutando de aquél sonido a chispas que hace el motor eléctrico del Metro cuando se acerca a toda velocidad.

domingo, 21 de febrero de 2016

Tradición al dente

El sol lanzaba sus primeros rayos sobre el pavimento cuando Alberto - quien aquella mañana paseaba en su bicicleta como de costumbre - sintió un apetito voraz invadir su estómago. Para alguien como él, las dos manzanas y el sándwich que horas atrás había desayunado no resultaban suficiente, y ahora necesitaba encontrar alguna fonda, quiosco o lugar dónde comer antes de emprender el camino de regreso. Desafortunadamente él había pedaleado hacia El Encanto, un barrio bastante apartado y por ser el menos comercial de la ciudad, muy poco conocido.

Casas enormes con jardines de abundantes flores se asomaban por sus pupilas, sin embargo ningún supermercado aparecía. Los residentes, todos mayores, cada tanto pasaban por su lado y lo observaban con la misma extrañeza que provocaría ver a un pollo en el desierto. Su estómago empezó a rugir insistentemente, eran las tripas entonando la melodía del hambre. Nadie parecía compadecerse por aquél muchacho que deambulada con rostro de agotamiento. En el momento que su esperanza parecía flaquear observó -sobre la loma- a una minúscula tienda de abarrotes. Pocos minutos después se encontraba tocando el timbre del lugar para ser atendido. Una, dos, tres veces y nada. Entonces comenzó a golpear el umbral de la puerta enfáticamente hasta que escuchó a lo lejos unos pasos. El sonido lento pero constante se volvió más claro y al poco tiempo apareció un anciano con una sonrisa escasa de dientes detrás del mostrador. Alberto le pidió un paquete de galletas y una botella de jugo, el señor alcanzó los alimentos y luego de recorrerlo centímetro a centímetro con la mirada, le indicó que el precio a pagar era de diez dólares.

— ¿Diez dólares? ¡Eso es absurdo! — Contestó el muchacho— no sabía que fuese un barrio tan caro. Solo tengo tres dólares pero muero de hambre señor— aseguró.
— ¡Tranquilo chiquillo! No puedo rebajar el precio de los productos pero, ¿adivina qué? Con mi mujer estábamos a punto de comer nuestra tradicional sopa de fideos con carne, si no te incomoda hacerle compañía a un par de ancianos podemos brindarte un poco. Mira que será el plato estrella en las próximas fiestas comunales— dijo mientras tronaba sus dedos.

Alberto, más presionado por su estómago, aceptó. A través de un pasillo ingresó a una cocina donde los rayos del sol habían sido reemplazados por la luz de un debilucho farol que amenazaba con apagarse en cualquier momento. Una anciana algo opaca se encontraba sentada junto a una mesa tan antigua como el resto del lugar. Cuando vio entrar al joven una sonrisa turbia apareció en su rostro. Alberto se acomodó en un banquillo de madera.
La sopa fue todo lo que esperaba y mucho más. Desde que llevó la primera cucharada cargada a su boca sintió un placer indescriptible. Los fideos tan frescos y al dente y esa carne tierna y de sabor único parecían reconfortar su estómago como solo la comida de abuela puede hacerlo. Tanto fue su encanto por la sopa que cuando el anciano le sugirió tomar un segundo tazón él, sin dudarlo, acercó su pocillo para que sea llenado nuevamente. Conversaron poco o nada, pero eso a la pareja parecía no importarle. Mientras Alberto más comía, ellos más se contentaban.

— ¡Su sopa ha sido la más rica del mundo! Muchísimas gracias — les dijo Alberto de forma casi eufórica mientras montaba su bicicleta— Ustedes fueron muy buenos conmigo, ojalá algún día yo pueda devolverles el favor— y con una energía envidiable comenzó a pedalear.
— Ojalá chiquillo, ojala— murmuró la anciana mientras apretaba fuertemente la mano de su marido.

Al cabo de una semana Alberto se encontraba acostado en su dormitorio cuando de repente empezó a sentir un cosquilleo en su cuerpo. La picazón lo recorría desde la planta de los pies hasta alojarse en su cabeza. Luego de rascarse compulsivamente sin lograr aplacarla, se levantó. Lo primero que hizo fue sacudir las sábanas de su cama pero como esto tampoco mejoró la situación, algo malhumorado entró a la ducha. Colocó una gran cantidad de shampoo en sus manos pero estas no podían mantenerse quietas. Su cabeza se había convertido en un campo de batalla entre él y lo desconocido. De pronto al rascarse, pedazos de cabellos comenzaron a caer. Trozos tras trozos de pelos suicidas dejaron a su cráneo transformado en un lienzo en blanco. Alberto quería gritar pero las lágrimas no se lo permitían. Quería parar de rascarse pero la picazón le resultaba intolerable. Un rato después la picazón cesó pero miles de piquetes comenzaron a atravesar los poros de su cabeza de adentro hacia fuera. Cuando horrorizado corrió hacia el lavamanos, el espejo le devolvió la imagen de un joven que ya no era él. Tenía sus ojos, su nariz y su boca, y se sentía como él pero sobre el cráneo de aquél extraño en lugar de cabellos crecían millones de largos y frescos fideos. Tan al dente y apetitosos como los que él había comido semanas atrás. Mientras más los observaba menos entendía. Lo único que sabía es que necesitaba resolverlo antes que toda su familia se levante a desayunar.

Llegar no fue sencillo, con su cabeza cubierta para que ningún fideo se enrede en su cuello tuvo que pedalear lo más rápido posible contra los vientos de la madrugada.
Cuando tocó la puerta, a diferencia de la primera ocasión, esta vez se abrió de inmediato y él entró. La anciana se encontraba de pie en el pasillo, lucía muy despierta para aquella hora. 

— ¡Chiquillo, qué bueno verte! Te estábamos esperando — dijo desde una esquina el viejo mientras cerraba la puerta.
— ¿Esperando? ¡Miren lo que me han hecho viejos de mierda!— y al decir esto dejó caer la capucha y millones de fideos cubrieron su espalda— No sé cómo, pero ustedes tienen que ayudarme— afirmó.
— Nosotros ya te ayudamos querido mío, me parece que ahora es tu turno de ayudarnos— respondió suavemente ella con una sonrisa en los labios.
— ¿Ayudarlos? ¿Ayudarlos a qué?— balbuceó Alberto.
— A conservar la tradición hijo, a conversar la tradición— contestó el anciano mientras bajaba del estante una gran olla de hierro.

Al día siguiente la fiesta comunal ¨El Encanto¨ fue noticia en todo el país. Hubo presentaciones de danza, bandas locales y por supuesto la tradicional sopa de Don Genaro y Doña Raquel fue la sensación del evento. Tal como escribió en su columna un joven periodista a quien la pareja brindó una considerable porción «Nunca saboreé carne tan suave y fideos tan exquisitos como los de esta sopa, seguramente volveré por más».

viernes, 19 de febrero de 2016

Chela


A Laura la conocí en el Liceo. Ambas cursábamos el cuarto año de colegiatura. Lucía similar a una espiga de trigo y tenía cierto aire de velorio en su andar. En clase de Historia solían sentarme junto a ella y cada vez que la profesora -con voz de ceja fruncida- le preguntaba algo, ella pegaba la mirada al suelo y escondía sus manos llorosas entre los pliegues de su falda. 
En cierta ocasión estábamos terminando la primera de cinco vueltas a la cancha que el profesor de Deportes nos había pedido correr cuando el Inspector se acercó al grupo, a modo de irrupción levantó su palma hacia el frente de todos, a los pocos segundos nuestros zapatos frenaron al unísono. Luego la llamó a ella y con el dedo índice le señaló el graderío. Segundos después él sacó del bolsillo de su camisa un sobre con sello del Hospital General y lo estiró hacia las manos del profesor, quien lo observó casi sin lograr parpadear para luego volver a soplar el silbato que en ningún momento había sacado de su boca.

- Falla congénita— fue lo que Laura respondió cuando al terminar mis vueltas me acerqué hacia donde estaba sentada y le pregunté por qué había dejado la práctica.
- Falla congénita? Sabes que soy media tonta. Dímelo en español.
- Mi mami me dijo que me harán un trasplante, mi corazón no sirve— lo dijo con una entonación de copa rota mientras sus ojos parecían a toda costa evitar encontrarse con los míos. No supe que decirle pero durante los días siguientes caminé atrás de ella las cuatro cuadras que separaban el Instituto de su casa.

Fue un lunes cuando en el Liceo nos enteramos cómo había resultado la operación. Para no desentonar con el ambiente la Directora alargó nuestro receso y algunos de los profesores, incluso la de Historia, sonreían como si se tratase de una hija o una sobrina la que se había salvado de morir. 

- Pasen chicas, pasen ¡qué lindo que vengan a ver a Lau! Le hará tan bien— dijo su madre mientras nos plantaba un beso en el cachete a cada una y señalaba con su dedo índice el sofá más grande de la sala. Ese de pequeñas flores bordadas con hilo de oro. Junto a él, sobre una mesita, tres vasos de limonada fresca y una fuente de galletas de avena aguardaba por nosotras.

Laura empezó a bajar las escaleras apoyada del brazo de una enfermera, quien, según nos comentaría luego su madre, habría estado asistiéndola desde su salida del hospital. Mi compañera llevaba puesto un camisón abotonado. Del tercer botón, el de su pecho, salían dos finos tubos que coincidían en un suero colgado tristemente de un soporte de metal, el cual la enfermera halaba según el ritmo de los pasos de su paciente. Cuando Laura ya estaba acercándose a la sala, Carmen y Rocío, mis otras dos compañeras, se habían levantado del sofá y acomodaban unos almohadones en una de las butacas.

- ¡Laurita, eres una campeona! Solo dos meses y ya casi lista para volver al Instituto – dijo Rocío a modo de rompehielo.
- Ajá
- ¿Cómo te sientes? En la clase todas te mandan muchos besos y la Directora dijo que por nada del mundo te preocupes por las tareas. — inferí luego de un largo sorbo a mi limonada.
- ¿Preocuparme por la tarea? ¡Tamaña estupidez! Me siento como si me hubiesen partido por la mitad y sacado el corazón, talvez porque eso fue lo que ocurrió. Me siento con ganas de arder— respondió Laura con una risa tan extraña a ella.
- Hija, por favor. Tus compañeras han venido a visitarte porque te extrañan mu…
- Madre, madre, madre. —interrumpió Laura — ¿Por qué no te callas de una vez?— y con una mueca de labios llamó a la enfermera y emprendió su retirada frente a esos ocho pares de ojos que no podían lucir más abiertos de lo que estaban.

A Laura, efectivamente, no le volvió a interesar la tarea. Cuando en clase le preguntaban algo ahora era ella quien mantenía la mirada fija en los ojos de la profesora mientras se levantaba del pupitre hasta estar lo suficientemente cerca y de un solo palmazo golpeaba su escritorio, para luego mostrarle su mano ardiendo de dolor. La maestra daba un salto de bicho asustado. Y nuevamente la risa extraña hacía eco por todo el salón. 
Cinco semanas desde el reingreso de Laura y la Directora estaba firmando la décima citación. Cuando la vi, Laura aguardaba en el despacho. Había cambiado su pelo de trigo por uno color fuego y sus manos llorosas por unas llenas de cicatrices propias de los fósforos que ahora solía usar para amedrentar a una que otra chica. Nuestras miradas se chocaron y por un impulso inexplicable moví mi mano a modo de saludo pero no fue correspondido.

- Acá tienes tu citación Laura, ahora es expulsión temporal. Después ya veremos. Piensa bien en lo que estás haciendo jovencita.
- ¡Chela, estúpida! Cuántas veces tendré que decirle que ahora me llame Chela.

Los bomberos acudieron lo antes posible al llamado de uno de los vecinos. Desde la esquina de enfrente el Liceo lucía como un gran trozo de carbón. La madrugada olía a odio. Una risa extraña nuevamente se hacía escuchar, pero esta vez provenía del interior de un patrullero. 
La semana pasada he ido a visitarla junto a su madre, ¨Correccional de Menores Infractores¨ se llama el lugar. Cuando hemos ingresado uno de los dos guardias le ha pedido a la señora que le corrobore los datos de su hija, al hacerlo se vieron entre ellos y sonrieron.

- ¿Pasa algo?— preguntó la madre
- No señora, para nada. Solo que pocas adolescentes llegan acá por estos motivos— comentó el más gordo de los dos.
- Si, hace medio año tuvimos a otra amante del fuego. En su último atentado la llevaron de urgencia al Hospital General pero la pobre no corrió con mucha suerte. — sentenció el otro.

El sonido del sello cayó sobre la autorización de pase mientras la puerta de la habitación se abría. En la mesa del fondo ella aguardaba por nosotras. 

jueves, 7 de enero de 2016

PASO FIRME


-¿Por qué demonios sus dueños los han abandonado en ese inhóspito lugar? – pregunté desde la acera, con la mirada clavada en la vidriera de enfrente.

– Por insoportables - respondió él – caminaban sacando la lengua ¡una desfachatez! Así no hay dueño que aguante. La disciplina servirá. – afirmó.

- ¿Disciplina? ¡Maltrato querrás decir!- refuté indignada- aquél viejo es un sádico, hemos visto cuántos golpes reciben los que caen en sus manos

- Maltrato o no, funciona. Salen rehabilitados y firmes – aseguró.

Aquella tarde, pese a las piedrecillas, anduvimos sin parar. Él por disciplinado y yo por miedo al anciano que ¨los de arriba¨ llaman ¨zapatero¨.